SOLO ANTE EL PELIGRO ( DAGÓN Primera parte)
A mediados de abril de 1989 comencé a trabajar en DAGÓN S.A. No me importa decir el nombre de esta empresa, porque DAGÓN supuso un antes y un después en mi vida laboral, un punto de inflexión. Podría dedicarle un libro entero a esta etapa de dos años, por todo lo que me sucedió allí y por los personajes que me encontré. Por primera vez se trataba de hacer una obra nueva desde sus inicios, desde la misma excavación hasta la última chimenea del tejado. Me olvidaba por fin de las reformas, que tantos quebraderos de cabeza me habían dado, sobre todo en los últimos seis meses, y pasaba, esta vez sí, a jugar en primera división, aunque con un sueldo, todo hay que decirlo, más bajo que el que tenía en la empresa anterior.
Gregorio y
Mariano eran los socios fundadores. Tampoco me importa decir sus nombres
reales. De ellos aprendí, durante toda la trayectoria en la empresa, más que
todo lo que había asimilado antes, tanto en la escuela como en el mundo
laboral, quitando, por supuesto, el máster que me había dado Requejo en lo
tocante a reformas. Gregorio era el socio en el barro, y Mariano el del traje.
El primero venía directamente de la obra, era un hombre sencillo, de un pueblo
de Toledo, de andares y voces toscas pero inteligentes. Una muestra de su ingenio era la frase que utilizaba para entrenar al fútbol a un equipo de su barrio: "y recordad que tenéis que meter siempre un gol más que los otros". Mariano era más
técnico, más de oficina, más cultivado y más conseguidor de clientes y obras. A
través de una especie de gurú muy bien situado en la cúpula de poderosos del
Leganés de aquel entonces, habían contratado una obra muy importante en el
Sector 1, una zona situada "detrás de los bomberos" (la de veces que
habré dado esa referencia a quien no conocía el lugar...) en la que se estaban
edificando bloques de viviendas en altura y viviendas unifamiliares adosadas. A
DAGÓN le encargaron una calle entera de chalets a los dos lados, y un bloque de
cinco alturas.
Recuerdo como
si fuera ayer la primera vez que visité la obra, de la manita de Gregorio. El
bloque iba a empezar más tarde. En aquel momento estaban terminando de excavar
una pastilla de chalets, la más larga, con catorce unidades, creo recordar.
Todavía no había estructura: aquel día estábamos Gregorio, el operario de la
retroexcavadora, y yo. Ni encargado, ni peones, ni nada de nada. Cuando el de
la retro le dijo a Gregorio que ese mismo día iba a llegar al fondo de la
excavación, mi nuevo jefe me miró.
— Pues mañana
habría que marcar las zapatas.
El corazón me
pegó un salto mortal en el pecho, y se me debió de notar en la cara, porque
tanto Gregorio como el maquinista se echaron a reír
— No te
preocupes, hombre (dijo el maquinista). Son muy sencillas. Dos zapatas corridas
de un metro de ancho, una delante y otra atrás, del principio al fin de la
calle. Mira el plano.
Me entregó un
plano casi roto, manoseado, con manchas de arena y de gasoil. Al principio no
me enteré de nada, con los ojos nublados por los nervios, pero en unos minutos
vi las dos zapatas corridas, y otras aisladas, en forma de U con un lado más
corto que el otro, situadas en el centro de cada chalet.
— ¿Y estas
para qué son? —pregunté.
— Para las
escaleras. Suben del sótano a la buhardilla. Cuatro plantas nada menos -contestó Gregorio.
Mientras
miraba el plano haciéndome el interesante, me preguntaba qué narices haría
falta para marcar zapatas en el terreno. No tenía ni idea. Como si me estuviera
leyendo el pensamiento, Gregorio señaló un rincón del vaciado.
— Ahí tienes
estacas, cuerdas, tablas, cinta métrica, macetas, picos... Mañana, cuando
Damián haya dejado la parcela tan lisita como el culo de un niño, te lías a
marcar.
Después de dar
una vuelta por la parcela, dejamos a Damián y volvimos a la oficina, situada en
una calle sin salida que empezaba en Cartagena, muy cerca de la Avenida de
América. Allí firmé el contrato, me presentaron al resto del personal
(administrativo, secretaria y Mariano), me invitaron a comer, y a casa, a
mentalizarme de lo que me esperaba al día siguiente.
Me presenté en la parcela con mi flamante Peugeot 205 rojo. Aquello
era todavía un páramo. El grueso de las obras, mayoritariamente bloques de
viviendas, estaban en otra zona del sector, muy alejadas de nuestra parcela.
Por suerte, esta estaba pegada a una minúscula galería comercial que daba a la
carretera, con varios bares, alguna peluquería y poco más. Ni corto ni
perezoso, metí el coche en el vaciado, saludé a Damián, y empezamos sin más a
marcar zapatas. La verdad es que me sorprendió lo sencillo que resultaba, entre
otras razones porque Damián sabía exactamente lo que había que hacer.
Marcábamos una línea a tres metros del bordillo de la calle, clavábamos dos
estacas con una tabla en cada extremo, un clavo en la estaca, una cuerda tirante,
y Damián agarraba un saco de yeso, lo habría por uno de los extremos, y marcaba
la línea en el suelo dejando caer el yeso por encima de la cuerda. Fácil. Al
mediodía habíamos terminado, y la retro empezó a excavar una de las zapatas.
— Mañana si
quieres —me dijo— marcamos las intermedias, que son más complicadas.
Me vine
arriba.
— Se me ha
ocurrido una idea para marcarlas más rápido. Si quieres lo hacemos después de
comer.
Por la tarde
habíamos marcado las catorce zapatas intermedias, todas iguales, con un lado de
la U, recordemos, más corto que el otro. Me fui a casa y me acosté temprano.
Estaba cansado físicamente, de andar de acá para allá en el vaciado, y me dormí
como un tronco.
A las tres de
la mañana me desperté, sudando, con el corazón desbocado. Algo en mi
inconsciente me gritó que había metido la pata: las zapatas intermedias eran
simétricas. La mitad tenían el lado corto de la U a la derecha, y la otra mitad
a la izquierda. Yo las había marcado todas iguales.
Con el tiempo
aprendería a valorar la magnitud de los problemas, pero por aquel entonces no
tenía ni idea. Me imaginé a Damián poniéndose a excavar como un loco unas
zapatas que estaban mal, y eso no podía ser. Sopesé la idea de volverme a
dormir y olvidarme de todo, pero eso me resultaba imposible. No hubiera podido.
Así que hice lo que me dictaba me conciencia: me vestí, intentando hacer el
menor ruido posible, y me fui a Leganés A las tres de la mañana, repito.
Ayudado por
los faros del coche, con un frío glacial, borraba con arena el lado largo que
estaba mal, y prolongaba con yeso el corto. Cuando llegó Damián, a las ocho en
punto, me encontró desmadejado, con la camisa por fuera, sudando a chorros. Al
ver desde arriba el desaguisado, me dijo:
— Ya decía yo
que fallaba algo...
En el Sector 1
de Leganés, en TODO el Sector 1, no había agua. En un momento dado, cuando
hacía ya falta para amasar algo de mortero o de yeso, o simplemente para lavar
herramientas, llamé a Gregorio desde el bar de la galería comercial y le
planteé el problema.
— Mañana
quedamos con el "pixa" (mote falso), no te preocupes.
Al día
siguiente, a eso de las once, vimos que aparcaba en el extremo de la parcela un
coche blanco diminuto, del que emergió, no sin dificultades, un individuo como
un castillo, enorme y panzudo, vestido de uniforme. Cuando vino hacia nosotros,
con sus gafas de sol y sus andares de torero, aunque baldado por el sobrepeso,
no pude evitar pensar en un personaje de cómic rancio. Camisa abierta casi
hasta la cintura mostrando una pelambrera espectacular, patillas que parecían
cepillos de lo pobladas que estaban, pelo a lo Lauren Postigo... No le faltaba
nada de la imagen de bandolero de Sierra Morena que, consciente o
inconscientemente, deseaba aparentar. Se dirigió directamente a Gregorio con un
profundo acento andaluz, casi de ultratumba, se alejaron unos pasos, y en menos
de un minuto se pusieron de acuerdo. Gregorio volvió con él, me lo presentó (la
mano que me estrechó el "pixa" fue probablemente la más blanda que he
tocado jamás), y cuando aquel gigante se alejó como si saliera por la puerta grande,
y se metió milagrosamente en aquel cascarón, me explicó la situación.
Como ya he
dicho, no había agua en el Sector 1. A pesar del gran número de obras que había
en marcha, NADIE tenía agua, simplemente porque el canal no había construido
todavía la Red de abastecimiento. Lo que sí que existía era la Red de riego, de
la que en teoría no se podía sacar una acometida. Pero sólo en teoría, porque
si le dabas dos mil pesetas al mes al "pixa", este te enganchaba
directamente a la red de riego. Sin problemas, sin recibos, sin nada. Lo único
que, una vez al mes, normalmente a finales, el "pixa" se presentaba,
te preguntaba por la familia, le preguntabas tú a él, nos reíamos un rato, le
soltabas las dos mil pesetas, y seguías disfrutando del agua.
Gregorio era
perro viejo. Como habíamos empezado la obra a mediados de mes, me dio mil
pesetas para el "pixa".
— Dile que,
como no hemos gastado casi nada de agua, este mes le pagamos sólo la mitad.
Cuando le di
las mil pesetas, el "pixa" no dijo nada. Me miró perdonándome la vida
y se fue sin despedirse. Al día siguiente me dijo Gregorio, partiéndose de
risa, que el "pixa" le había llamado para decirle que "si es que
al jefecillo de obra que tenéis en Leganés le falta un hervor, o es que es así
de giliposha...".
El
"pixa" supuso mi primer encuentro directo y personal con las
corruptelas (en un trabajo anterior también las hubo, y mucho más graves, pero
ni procede hablar de ellas ni me afectaron tan directamente), y probablemente
el más pintoresco. Nadie nos había preparado para eso a los pobres jefes de
obra, ni en la escuela ni en la vida, y yo no sabía muy bien cómo gestionar
aquello. Llegué a acostumbrarme a la visita mensual del "pixa", pero
por más que lo intentaba, no me caía bien. Aquel sujeto se sacaba, sin hacer
nada, más del triple de lo que ganaba cualquier jefe de obra, y encima tenías
que reírle las gracias, los nauseabundos chistes que te contaba con su voz de
ultratumba, si no querías que te cortara el agua.
Pasaron dos
meses. Ya habíamos hormigonado las primeras zapatas de los chalets, y estábamos
estudiando la posibilidad de montar una grúa móvil, cuando un buen día se
presentó Gregorio con un hombre, tan bajito como él, pero más gordo.
— Te presento
a Jacinto. Nuestro encargado a partir de hoy.
Sus gafas, su
pelo, su porte... No hace falta describirlo: nada más verlo, se me vino a la
cabeza el personaje que tan magistralmente interpretó Dustin Hoffmann en
"Papillón". Mirado en un espejo de esos que te ensanchan y te
achatan, pero igualito
Pero esa, amigos, es otra entrada.

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