DOS HOMBRES Y UN PESTIÑO (FERSA Primera parte)
FERSA era una de las constructoras más emblemáticas del panorama madrileño de aquella época. Después de una cortísima entrevista con uno de los delegados (ya le había hablado de mí el encargado general de las obras que la empresa estaba llevando a cabo en el Sector 1 de Leganés), comencé a trabajar con ellos el tres de Abril de 1991, con veintinueve añitos. La etapa de Dagón me había servido para curtirme en obra nueva, en el trato con los clientes, con los promotores, con las direcciones facultativas... Pero lo de Fersa era otra historia. Por primera vez (creo que ya lo había pensado tantas veces antes, que ya empezaba a oler) tenía la sensación de entrar por la puerta grande a jugar en la Primera División.
La idea era ejercer de jefe de obra en una inmensa
promoción de viviendas en La Coma, una zona de Madrid que empezaba a despegar
por aquel entonces. Mientras empezaba la obra, en realidad todavía sin
adjudicar a Fersa pero al parecer con todas las papeletas, me destinaron al
departamento de estudios, una oficina aislada del resto de la empresa, situada
en un destartalado edificio de la calle Orense. En el departamento trabajaban
José Luis, el responsable, Nuria como secretaria, Eduardo como delineante, y dos
individuos muy peculiares, muy pintorescos, que son los que dan título a esta
entrada.
El primero de ellos era el más extraño. Llamémosle
Damián. Era un tipo tirando a bajito, calvo, bastante grueso, que fumaba
continuamente y que cada vez que hablaba se reía de sus propias ocurrencias. Si
queréis barruntar una imagen suya, la que más se adapta a su aspecto es la del
villano apodado "El pingüino" de la película de Batman, interpretado
por Danny de Vito. En cuanto tenía ocasión le enseñaba a todo el que quisiera
verla una fotografía descolorida que sacaba de su carrera. En ella se veía a
Millán Astray sonriendo (curiosamente, vestido de civil), con el brazo por
encima del hombro de un niño regordete con flequillo y jersey de lana. El niño
era él, Damián, y Millán Astray era su tío. Cuando me la enseñó por primera
vez, comprobé que el jersey que llevaba puesto era idéntico al de la
fotografía, y pensé que probablemente la prenda había crecido con él. No
recuerdo haberle visto jamás, ni siquiera en verano, sin su jersey de lana de
deslucidos colores.
El otro sujeto, más venenoso y mordaz que Damián, se
apellidaba Pedraza, y la única vez en su vida que viajó lo hizo a la villa de
su apellido, y jamás volvió a salir. Era alto, delgado, de facciones angulosas
y abundante cabellera blanca, tan mayor y tan fumador como Damián. Presumía
constantemente de su amplia experiencia, de su pertenencia a la "vieja
guardia", y al tercer o cuarto día ya empezó a tocarme las narices
llamándome "huevecillo", "novato" y cosas así, sin basarse
en otra cosa que no fuera que yo tenía la mitad de edad que él.
Tanto Damián como Pedraza destacaban por una
característica común y bastante singular: no daban un palo al agua,
básicamente. Sobre sus enormes mesas, llenas además de cachivaches inútiles y
polvorientos, se amontonaban los proyectos que tenían que presupuestar, que al
final eran estudiados por José Luis y por Eduardo, responsable y
delineante respectivamente. De vez en cuando José Luis venía prácticamente
llorando de alguna reunión con la directiva, por la bronca que le había echado
Don Fernando (gran hombre y excelente profesional, fundador de la empresa) ante
el nefasto funcionamiento de su departamento. Se rasgaba las vestiduras delante
de nosotros, mientras Damián y Pedraza ponían cara de circunstancias y juraban
un cambio en su actitud que jamás se materializaba. Después de la catarsis de
José Luis curraban, o al menos lo aparentaban, pero al día siguiente volvían a
su estado larvario. A ello contribuían también las esporádicas visitas al
departamento de un tal Román, un delegado de Comisiones Obreras liberado que no
hacía absolutamente nada, que presumía de no hacer absolutamente nada, y cuyo
único mérito era que se sabía de memoria todos los ríos de España que empezaban
con "Guada", que curiosamente son muchos. Cuando Román venía, Damián
y Pedraza se refocilaban en su propia vaguería.
Dado que la obra no terminaba de salir, y que más o
menos a las tres semanas de estudiarla ya me la sabía casi de memoria, le
propuse a José Luis echarle una mano para reducir el atasco de proyectos que
tenían. Me cogió la palabra al instante, y me encargó que midiera la
carpintería exterior de un hospital. Cuando le entregué por la tarde las hojas
con las mediciones me miró sorprendido.
— Joder, pensaba que ibas a tardar una semana...
Entusiasmado, me encargó la medición de la estructura
de otro proyecto, que tuve lista en un par de días. Poco a poco fuimos
estrechando lazos. A ello contribuía también que todos los días íbamos a comer
juntos José Luis, Eduardo, Nuria y yo a una tasca situada a la entrada de
Modesto Lafuente, repleta cada día de oficinistas. El ambiente de la comida
estaba marcado siempre por la tensión provocada por el hecho de que Eduardo
despreciaba profundamente a José Luis, porque al parecer en una ocasión el jefe
le había dejado con el culo al aire delante de Don Fernando. Algo de lo que
José Luis ni siquiera se acordaba, y que Nuria, que lo había vivido, me comentó
una vez que había sido justo al revés.
Pedraza seguía tocándome las narices, pero ya no por
novato o inexperto, sino porque se autoconvenció de que por culpa de mi buena
voluntad le iba a acabar dejando sin trabajo. Es verdad que José Luis, sin
cortarse un pelo, salía a menudo de su despacho para dirigirse a las mesas de
Damián o de Pedraza para coger paquetes de planos o documentos que me daba a mí
delante de ellos, pero también es verdad que de no hacerlo así, esos planos se
habrían quedado probablemente cogiendo polvo en esas mesas. Me resultaba
curioso, casi surrealista, que Pedraza la tomara conmigo sin plantearse
siquiera revitalizar, aunque fuera mínimamente, la calidad y cantidad de su
trabajo. Cuando no estaba despotricando contra mí trataba de poner en contra a
Damián, a quien en realidad le importaba un bledo todo en general, y el ritmo
de trabajo en particular. El caso es que los proyectos empezaron a salir con
más fluidez, y una tarde vino personalmente Don Fernando a felicitar a José
Luis. Cuando el jefe nos transmitió la buena nueva, Pedraza tardó dos segundos
en proclamar a voz en grito que el departamento iba como un cohete gracias a
"la vieja guardia".
Al final Fersa no fue la adjudicataria de la obra de
La Coma, por lo que mi etapa en el departamento de estudios se prolongó varios
meses, justo hasta Julio, cuando me llevaron a una obra en Aranjuez en la que,
al parecer, tanto la propiedad como la dirección facultativa habían recusado al
jefe de obra. Eso era algo que solía ocurrir de vez en cuando antes, y más a
menudo ahora. Se trata de algo más o menos traumático, tanto para el jefe de
obra saliente, por el rechazo de los agentes principales a veces por motivos
banales, como para el que entra, que se encuentra con una obra empezada,
posiblemente enfangada, y con una dirección en alerta roja y dispuesta a seguir
cortando cabezas. El tiempo de solape con el otro jefe de obra, normalmente
ridículo, podría considerarse como la despedida durante varios días de un
condenado a muerte, que alterna el llanto ante lo inevitable con la ira contra
los que le han defenestrado sin ninguna consideración, condimentado todo ello
con profundas recomendaciones sobre las personas de quien te puedes o no fiar.
En este caso, recuerdo que mi compañero me alertó muchas veces del escaso o más
bien nulo apoyo que podía esperar de mi inmediato superior, que sólo había
visitado la obra en una ocasión.
Pocos días antes de mi incorporación a obra, sucedió
algo que reflejaba la tensión que se vivía en el departamento de estudios.
Damián y Pedraza, literalmente dos chimeneas humanas de Celtas y Ducados,
palidecían y bramaban cuando algún compañero les sugería abrir las ventanas
para ventilar. Una tarde, Nuria ya no pudo aguantar más. La pelota de humo era
tan intensa, que la chica se congestionó. Cuando fue a quejarse a José Luis,
este salió de su despacho totalmente alterado, con los pelos de punta, se dirigió
a una ventana y la abrió a golpes, con tan mala suerte que se cargó la persiana
exterior, de lamas metálicas finas. De natural siempre tranquilo y sonriente,
en aquella ocasión nos dejó a todos con la boca abierta. Damián y Pedraza
bajaron la vista como corderitos y no se atrevieron a decir nada.
El último día, antes de incorporarme a la obra de
Aranjuez y como despedida, llevé una caja de pestiños que había hecho mi madre,
y una botella de moscatel. Al tercer bocado, con los dedos chorreando miel,
Damián comentó:
— Por fin alguien que respeta las tradiciones. Los
pestiños son un manjar exquisito, de profunda raigambre española.

😂😂😂 genial, Félix, genial. Como la vida misma, esos personajes, que ya casi no se ven más que en los ministerios y empresas públicas, abundaban en aquella época.
ResponderEliminarEs verdad, Roberto, de hecho eran más comunes los dinosaurios como estos dos que personas comprometidas con su trabajo. Para que luego digan algunos que cualquier tiempo pasado fue mejor... Muchas gracias por tu comentario!! 🤗
EliminarDigno de Martínez el F. y Adolfito.
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