ADIOS A LAS AULAS. ATERRIZAJE LABORAL
Al acabar el proyecto de fin de carrera, todo fue tan vertiginoso que lo recuerdo a rafagazos, como la pesadilla de una mala borrachera. Al salir de la escuela andábamos todos como pollos sin cabeza, deambulando entre el orgullo egocéntrico de haber terminado, y una incertidumbre pavorosa ante lo que se nos venía encima. De vez en cuando quedábamos unos cuantos, en Moncloa o incluso en la Escuela, para elucubrar sobre los siguientes pasos a dar. Una tarde, eso sí que lo recuerdo con nitidez, paseaba como un alma en pena por los pasillos de las aulas, sin tener muy claro hacia dónde dirigirme. Al cruzarme con el bedel, antaño colega, confidente, confesor, proveedor de tabaco Rex con un sabor indefinible (colgaba en el armario el guardapolvo con bolitas de naftalina en el bolsillo, el hombre) y muchas cosas más, le sonreí como siempre, pero él me dirigió una de las miradas más heladas que he visto en mi vida.
- Pero si tú ya has terminado -me dijo-. ¿Qué coño
haces aquí?
Salí avergonzado. El pasillo, lleno de estudiantes que
me miraban y sonreían socarrones después de la frase de aquel hombre, se me
hizo larguísimo.
Jamás, desde aquello, he vuelto a la Escuela de
Aparejadores.
Poco a poco, los más espabilados fueron centrando el
tiro. Recurrimos al señor Bonilla, toda una institución en el Colegio de
aparejadores, responsable de la bolsa de trabajo, quien, con su amable
paternalismo y una tremenda humanidad, nos iba encauzando a los pobres
pardillos ignorantes. Rápidamente se fue corriendo la voz entre unos cuantos de
que había una empresa de ingeniería, ASEI S.A. (dudo que exista hoy en día, al
menos yo no la he encontrado), que estaba contratando aparejadores por horas, y
a muy buen precio, para hacer mediciones de proyectos en diferentes empresas
del sector. Me puse en contacto con ellos, y me dijeron que tenían un puesto en
ENTRECANALES, en un edificio de la empresa muy cercano a la bolsa de Madrid.
Empecé a trabajar al día siguiente. Exactamente el 22 de Julio de 1986.
No sé muy bien cómo definir el aluvión de sensaciones,
y pensamientos extraños, que me vinieron a la cabeza en el trayecto desde
Atocha a mi futuro lugar de trabajo, mientras andaba con las manos metidas en
los bolsillos, con un frío que sólo estaba en mi interior, porque era todavía
verano. Mediciones. Iba a hacer mediciones. Una asignatura de segundo, a la que
no le había prestado ninguna atención, y de la que por supuesto no recordaba
nada, iba a convertirse en mi tarea principal. "Seguramente me echarán el
primer día", vaticinaba amargado, para pasar al segundo siguiente a una
euforia suicida, al ir recordando cómo se hacían las mediciones. Salía de un
mundo confortable, asimilado y desgastado, para zambullirme de golpe en otro
completamente desconocido.
Se me puso un nudo en la garganta al presentarme al
responsable de Recursos Humanos, un señor también muy mayor, pero ni mucho
menos tan amable como Bonilla. Después de explicarme los horarios, el método de
fichaje, etc, me acompañó al edificio de al lado para presentarme a Luis, mi
inmediato superior.
Luis era un individuo peculiar. Bastante alto, moreno,
muy despeinado, con gafas de cristales muy gruesos, parecía una mala caricatura
de Javier Cercas. De voz muy profunda y carácter duro, era la típica persona
que da miedo al principio para convertirse en un osito de peluche cuando le vas
conociendo. Nos caímos bien desde el primer momento. Me llevó a mi puesto de
trabajo, una mesa de dibujo idéntica a las que teníamos en la escuela, con sus
frases, más que escritas taladradas a bolígrafo, y sus quemaduras de
cigarrillo en los bordes, como debe ser. En la mesa de al lado estaba Arturo,
arquitecto superior, un hombre de poca estatura, con bigote y una mirada
lánguida, que años más tarde llegó a ser un muy alto cargo de ACCIONA, y
seguramente lo seguirá siendo si no se ha jubilado ya. Los dos habíamos
empezado el mismo día. Luis nos presentó, se retiró a un despacho acristalado
situado al fondo de la enorme sala rectangular en la que se situaban dos filas
de mesas de dibujo, y volvió con dos enormes rollos de planos, uno para Arturo
y el otro para mí.
Se trataba de medir un hospital para dar oferta. Desde
la excavación hasta el último punto de luz. Nos dio unas exíguas pautas, nos
entregó lapiceros, borradores, y los impresos tipo para hacer las mediciones
(los que hayáis pensado otro método, olvidaos. En aquella época no había
ordenadores), y nos dejó a Luis y a mí a nuestro libre albedrío.
Más o menos a media mañana, Arturo observó que la sala
se vaciaba de personal. Se dirigió a mí tímidamente.
- Creo que esta gente se está yendo a desayunar.
¿Nosotros podemos ir también a desayunar?
- Pues no lo sé. Igual nos descuentan ese tiempo si
vamos, vete a saber.
- Vamos a preguntarle a Luis.
Fuimos como dos corderillos al despacho del fondo.
Luis nos miró por encima de los cristales de sus gafas.
- ¿Qué os pasa, pareja?
Arturo me miró. Me debió de intuir tan acojonado, que
habló él.
- Creemos que la gente se está yendo a desayunar, y
nos preguntábamos si podemos ir nosotros también.
- Sí, podéis ir. A menos que no tengáis hambre, claro.
- ¿Pero el tiempo del desayuno nos lo van a quitar de
las horas?
- No hombre, no. Podéis ir tranquilos. Media hora, eso
sí.
Al salir, vimos a un tipo pelirrojo en el portal que,
con cara de pocos amigos, miraba su reloj y anotaba algo en una libreta cada
vez que alguien salía del edificio.
- Vosotros sois los nuevos chicos de Luis, ¿no es así?
- Así es - contestó Arturo.
- Ok. Media hora, no más. Si os pasáis aunque sólo sea
un minuto, se os descontará una hora entera.
Con esa premisa, y después de deambular un rato para
comprobar la escasez de bares de aquel barrio, nos dirigimos a la bolsa. En su
bar nos pedimos cada uno un café y un pincho de tortilla. Probablemente la
mejor tortilla que haya comido jamás. Desde aquel día, ni Arturo ni yo
perdonamos una sola mañana aquel soberbio manjar. Estuvimos casi tres meses, a
una media de veintidós días laborables por mes, hacen un total de sesenta y
seis días. A un cuarto de tortilla cada día, me salen dieciséis tortillas y media
que me comí durante mi primer trabajo, y Arturo otras tantas.
Al volver a la oficina, el pelirrojo miró su reloj y
apuntó algo en la libreta. Estábamos tranquilos. La operación tortilla nos
había llevado apenas veinte minutos.
El primer día acabó tardísimo. Estábamos los dos
agotados, con los ojos rojos a causa del cansancio y del humo del tabaco que
fumábamos constantemente. Antes se fumaba en todas partes, y todo el mundo
fumaba. El camino de regreso fue bastante más relajado que el de la mañana. Ya
me hacía una idea de lo que suponía trabajar. El segundo día fue más o menos
idéntico al primero, y el tercero, y el cuarto... El trabajo era más o menos
relajado. Contábamos con un plazo bastante cómodo para terminar las mediciones,
y nos las habíamos repartido muy bien. Cada vez que acabábamos un capítulo, le
entregábamos a Luis el fajo de hojas. No era la dureza de nuestra labor lo que
se me hacía pesado, sino la monotonía de una rutina a la que no estaba
acostumbrado. El período estudiantil había sido muy diferente, aunque sólo
fuera por los cambios de aula diarios. Poco a poco, sin embargo, me fui
acostumbrando, gracias en parte a la felicidad que me entraba al pensar en el
dinero que me caía cada hora que pasaba.
Y así, día a día, pasó un mes, y cobré un sueldo, que
me pareció un dineral, por primera vez en mi vida. Era rico, y no se me ocurrió
otra cosa que regalarles a mis padres un viaje a París, como una especie de
agradecimiento a la vida de estudiante que me habían regalado ellos. Resultó
muy emocionante darles los pasajes durante la comida, aunque supongo que se
desenamoraron bastante cuando vieron que el viaje era en autocar. Una auténtica
paliza, pero se lo pasaron bien e hicieron amigos.
Más o menos a los tres meses entregamos las últimas
mediciones a Luis, que nos prometió volver a contar con nosotros. ASEI nos dio
de baja ese mismo día, nos pagó la liquidación y el finiquito, y nos dijo que
contaría con nosotros en un futuro próximo. Yo no tenía ni idea por aquel
entonces de lo que era el paro, ni de los trámites que tenía que hacer para
cobrarlo. Sólo sabía que tenía un plazo de quince días para gestionarlo, así
que me propuse pasar unos cuantos de vacaciones, sin pensar en nada.
No tener que madrugar después de tres meses haciéndolo
supuso un auténtico placer. Esa mañana la pasé vagueando en casa. Por la tarde
me llamaron otra vez los de ASEI, para que me presentara al día siguiente en
otra oficina de ENTRECANALES situada en Duque de Pastrana. No había pasado ni
un día.
El trayecto hasta Duque de Pastrana se me hizo
larguísimo. Al salir del metro choqué dolorosamente con la sensación de fealdad
que, probablemente sin ninguna justificación, me produjo aquel barrio. La
oficina de ENTRECANALES era mucho más moderna que la anterior, pero también más
fría, más desagradable. Para rematar la faena, en el nuevo equipo de
"medidores" figuraba un tipo que me había caído fatal durante los
tres últimos años de carrera. Resultó un día francamente nefasto. Antes de
coger el metro de vuelta a casa, decidí no volver al día siguiente. Llamé a los
de ASEI, que lógicamente se enfadaron ante mi rabotazo, y les comuniqué mi
decisión. Ni conocía ni me importaban demasiado las consecuencias que
podría tener abandonar un trabajo de aquella manera tan poco elegante. Sólo
tenía claro que no quería volver a la oficina de ENTRECANALES de Duque de
Pastrana.
Así de abruptamente terminó mi primera etapa como asalariado y afiliado a la Seguridad Social, para dar paso a un difuso período, más caótico y triste de lo que hubiera deseado, como profesional libre.

Así se empezó a forjar ese aparejador. Nos hemos chupado y salvado (con sus más y con sus menos) todas las crisis por las que ha pasado el sector de la construcción, que no es poco. A ver si nos cuentas algo de ellas!
ResponderEliminarExactamente, así fue y así se lo hemos contado. Creo que en aquella época, en el 86, resultaba bastante sencillo encontrar trabajo. Coincidió con un periodo de bonanza entre crisis. Pero poco después caímos en una bastante grande. Todo llegará, claro que sí. Muchas gracias por tu comentario, siempre interesante!!
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