COLABORACIONES BORRASCOSAS

En mi certificado de vida laboral (lo estoy usando de chuleta para escribir estas entradas) hay un vacío desde finales de Octubre de 1986 hasta primeros de febrero de 1988. Algo más de quince meses en los que ni cotizaba a la seguridad social, ni me imaginaba la importancia que pudiera tener eso. Mi ignorancia en aquella época en lo referente a los derechos y obligaciones de los trabajadores era tan mayúscula como mi inconsciencia a la hora de buscar trabajos.

Poco después de abandonar ASEI de mala manera, me llamó un arquitecto, marido de un familiar, para trabajar con él. La idea era hacer las mediciones de sus proyectos, y cobrar mediante un recibo de colaboración un porcentaje de sus honorarios. Como complemento, ya que con lo que cobraba en el estudio no me llegaba, empecé a trabajar por las tardes en una empresa constructora, pequeña y familiar, CONBERGALL, que se dedicaba sobre todo a obras de reforma y rehabilitación. No me importa dar el nombre real porque supuso para mí la salida del coto cerrado de las mediciones, para enfrentarme por primera vez a obras reales, aunque fueran de un tamaño entre medio y pequeño, con operarios y clientes reales y todos los problemas que eso conlleva, que son muchos y variados. Ahí empecé a hacer presupuestos de obras, gracias a las enseñanzas de Requejo (nombre falso pero cercano al real), mi primer jefe todo terreno, inteligente, negociador, desconfiado al principio y una bellísima persona a medida que nos íbamos conociendo.

Compaginé durante poco tiempo las mañanas en el estudio con las tardes en la constructora. Una desavenencia económica importante, relacionada con el último proyecto medido, me obligó a abandonar al arquitecto de la noche a la mañana, y me enseñó que no resulta positivo casi nunca mezclar a la familia con el trabajo de uno. Para compensar, me enganché en una inmobiliaria, HERSAU, por aquel entonces de gran prestigio en Madrid, que tenía la sede en la calle Carretas, al lado de la Puerta del sol.

Existían grandes diferencias entre el jefe de CONBERGALL y el de HERSAU, el señor Zardoz (nombre falso, homenaje a una película de Sean Connery que no tiene nada que ver con el personaje). Requejo era amable, humano, algo distraído, desaliñado en el vestir y con un gran sentido del humor. Se volcaba en enseñarme porque intuía mi necesidad de aprender, mi curiosidad escandalosa. Zardoz era frío, serio, borde, un poco sádico. En una ocasión le presenté el informe de un terreno (ese era mi trabajo principal en Hersau, estudiar las posibilidades constructivas de solares en venta por todo Madrid), y con un destello de violencia extrema que no se me olvidará jamás, lo destrozó y tiró los pedazos a la papelera. Las humillaciones que sufría por las mañanas por parte de este hombre las compensaba Requejo por las tardes con su forma de ser. Creo que no acabé traumatizado en aquella época gracias a esa doble vida laboral.

El episodio más relevante de aquella primera etapa en CONBERGALL, o al menos el que recuerdo con mayor cariño, tuvo lugar en una obra de reforma en la vivienda que un importante abogado tenía en la calle Ortega y Gasset. Fue la primera vez que ejercía de jefe de obra, controlando plazos, oficios, suministro de materiales, certificaciones y facturas mensuales... Contaba con un encargado magnífico, Santiago (nombre real), que igual que Requejo procedía de un pueblo de Badajoz. Trabajador incansable, me cogió cariño y disimulaba como podía el hombre mis numerosas meteduras de pata.

El abogado en cuestión era un individuo de cuidado. Tenía la insana costumbre de llegar a su casa y liarla con la mínima excusa. Gritaba cómo un desaforado por un enchufe dos centímetros más alto de lo que había marcado, con una extraña voz entre tenor y contratenor, que no guardaba relación alguna con su aspecto, una extraña mezcla también entre Enrique VIII y Carlos V. Cada vez que aparecía por la puerta, estirado como un palo y con el rostro abotargado por la soberbia, nos temblaban a todos las piernas, incluso a su mujer, cuyo comportamiento nos indujo a pensar a todos que le tenía pánico a su marido.

El caso es que, al terminar la obra, el hombre nos estuvo mareando una temporada añadida, con reformas sobre la reforma, porque no le gustaba mucho la moldura de escayola del comedor, o cómo había quedado la lámpara del baño. Eso suponía un goteo constante de diferentes oficios que realizaban una ñapa concreta y se iban, con la dificultad para coordinar fechas que eso supone. Requejo empezaba a estar harto, por no poder contar con sus hombres para otros compromisos, y por tener que soportar, sin rechistar y con una sonrisa, la soberbia manifiesta de aquel tipejo.

La guinda del pastel la puso el buen hombre el día que me llamó por teléfono y me dijo que teníamos que ordenarle el cuarto trastero que tenía en el sótano del edificio. Se trataba de un recinto bastante grande, proporcional al tamaño de la vivienda, en el que nosotros no habíamos actuado para nada. El tipo nos debía una buena cantidad de la última factura, y en su humillante llamada me vino a decir, más o menos directamente, que no pensaba soltar un sólo duro hasta que no hiciéramos aquel trabajo. Cuando se lo conté a Requejo se pilló un cabreo monumental, y me dijo que concertara una cita en casa del abogado para verle él en persona.

Dos días después, Requejo y yo nos presentamos en la casa. Mi jefe iba con su mejor traje, como requería la ocasión, y un maletín de ejecutivo. Yo esperé fuera mientras los dos discutían en el despacho que el abogado se había montado en su casa. A veces me llegaban los gritos de uno y otro. Al rato salió Requejo. 

— Félix, vamos a ver el trastero.

Bajamos al garaje. Cuando localizamos el trastero, mi jefe sacó una llave del bolsillo interior de su chaqueta y abrió la puerta. El cuarto estaba lleno de trastos, armarios viejos, maderas y hasta parte de los materiales que habíamos usado para la obra, y que en teoría ninguno de los nuestros había bajado ahí 

— Esto es demencial, jefe. Este tipo ha robado cosas de la obra, seguramente por la noche. Ahora entiendo por qué nos faltaron azulejos para terminar la cocina. Mire dónde están las cajas.

Requejo me miró con ojos de cordero degollado. Colocó el maletín de ejecutivo encima de un aparador, y lo abrió lentamente.

La sangre se me heló en las venas. Del maletín sacó un mono de trabajo de color azul. Estaba nuevo, eso sí. Se quitó el traje en un abrir y cerrar de ojos, se enfundó en el mono, se puso unos guantes, y se dirigió de nuevo a mí.

— Vamos a colocar el trastero, Félix. Toma un par de guantes.

Me escudriñó con ojos lastimosos. Seguramente tendría que haber asimilado que yo me negara a ponerme los guantes, y de hecho vi reflejado en su mirada el miedo que tenía a que lo hiciera. Sonrió con cierta alegría triste cuando agarré los guantes y me los puse con torpeza,

— Anda, criatura, póntelos bien, que están al revés.

Aquella tarde me tragué la dignidad, la ética, el orgullo, y todo lo que podía ser tragado. Estuvimos cerca de dos horas moviendo y colocando trastos. Cuando acabamos, Requejo se limpió el sudor con la manga del mono. Tenía el pelo alborotado, y una mirada salvaje que jamás olvidaré.

— Si mañana no paga, le asesino.

Por suerte, para nosotros y para él, el abogado pagó, después de enviarnos una humillante carta en la que, más o menos, nos venía a decir que accedía al abono de la factura "a pesar de que el trastero no había quedado ordenado del todo satisfactoriamente".

Con aquel gesto de mi jefe aprendí a tragar sapos, algo muy necesario en un mundillo en el que estás muerto si no lo haces de vez en cuando. Y aprendí también a superar con paciencia y humildad el encuentro con un hijo de puta, algo también muy habitual en la construccion.

En febrero de 1988, Requejo me propuso trabajar para él en exclusividad, mediante un contrato laboral. Me despedí de HERSAU y de Zardoz, que se alegró profundamente de mi marcha, y me olvidé para siempre de los recibos de colaboración. Perdía dinero con el cambio, pero ganaba derechos al volver a estar de alta en la seguridad social. Comenzaba una nueva etapa que ha durado hasta hace poco.

 

Comentarios

  1. Pues, sin duda, tras llevar 36 años de mi vida en el sector y haber visto muchas marranadas, ese abogado me parece uno de los más grandes hijos de puta de los que he tenido noción. Espero, por el bien de la humanidad, que ya no esté en este mundo.

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    1. Para mí, si no fue de los más grandes con los que me he cruzado, sí que tuvo el gran honor de ser el primero. Los que me había encontrado mientras estudiaba eran de otro tipo de hijo de puta, más entrañables. Este era además clasista, soberbio, tacaño... Lo tenía todo, vaya. Gracias por tu comentario, siempre en la Diana. Abrazo fuerte

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