EL PORQUÉ DE LAS COSAS


Empieza nuevo año. Nueva vida, nuevos propósitos que se cumplirán o no, nuevas ilusiones, nuevos retos... Los gimnasios se llenarán hoy para vaciarse poco a poco a lo largo de Enero. Las obras vuelven a ponerse en marcha. Las luces de las calles irán desapareciendo. No de golpe, para no traumatizar a los amantes de la vorágine navideña, sino lenta, sinuosamente, languideciendo hasta morir. La cruda cuesta de Enero sumirá en la tristeza a los que hasta ayer mismo cantaban, comían, bebían y desgastaban la tarjeta de crédito de tanto usarla. Una pesada capa de opacidad social lo irá cubriendo todo, para desaparecer en la próxima fiesta (San Valentín, Carnavales, Semana Santa...),y dejar paso de nuevo a la música y la danza, del alma y de las carteras.
Para mí este comienzo de año también es una ocasión especial. Se trata de mi primer año como oficialmente jubilado, y he pensado "celebrarlo", por llamarlo de alguna manera, inaugurando este nuevo blog, que prometo (con decisión,  pero sin ninguna convicción) que será el último.
Llevo muchos años, prácticamente desde que empecé a trabajar, con la idea de escribir sobre lo vivido en el gremio. "La construcción es el paso previo a la delincuencia", solía decir un amigo y compañero, en ocasiones muy acertadamente. Ha sido una trayectoria bastante irregular, que arranca en el verano de 1986 y termina, más o menos abruptamente, en diciembre de 2023. Treinta y siete años de honor y dolor, agonía y alegría, lágrimas y sonrisas, depresión y euforia. Treinta y siete años tratando con grandes profesionales y auténticos sinvergüenzas, enormes egocéntricos y humildes trabajadores, personas muy equilibradas y potentes paranoicos, divos insufribles y jefes entrañables. Treinta y siete años que me han construido como un edificio más o menos erguido, pero con algunos fallos en la cimentación, la estructura, y sobre todo en los acabados. Luces y sombras, como todo en esta vida, pero tan intensas como el sol las primeras, y oscuras como las tinieblas del infierno las segundas. Hay poca moderación en la construcción. Se diría que todo es excesivo, quizá por tres factores que penden como oxidadas espadas de Damocles sobre cualquier obra: Precio, Plazo y Calidad, diosecillos menores del Supremo Beneficio, y supongo que los que trabajan o han trabajado alguna vez en una obra saben de lo que estoy hablando. Ese exceso, esa estridencia, acompañada del sonido de las grúas, de las hormigoneras, de los camiones y del martillo picador, pasa factura en ocasiones a quien lo vive, pero también gratifica el alma en muchas otras.
Existen dos fuertes razones por las que me he decidido por fin a emprender este viaje. La primera es existencial, casi fisiológica. En varias ocasiones he confesado que escribir me ayuda a exorcizar a mis propios fantasmas, como si hablar sobre ellos les quitara una parte importante de su poder, que se quedaría incrustado en el papel para toda la eternidad. A pesar que dejé de trabajar hace poco más de dos años, todavía sueño con la obra, prácticamente todas las noches. La pesadilla suele ser recurrente: estoy en una obra, en la que se mezclan elementos de distintas obras en las que he estado, y personas con las que he trabajado en empresas diferentes. Me suelo enfrentar a uno de esos marrones que existen en toda obra y que suponen tener que demoler algo, o un retraso de narices, y siempre soy yo el culpable, por supuesto. En un momento del sueño, me digo a mí mismo "¿pero qué narices hago yo aquí, si yo YA ME HABÍA JUBILADO...?". Se pasa tan mal como cuando sueñas que tienes que repetir la carrera entera porque te falta una asignatura de primero, por ejemplo, y en el sueño te dices a ti mismo: "Pero si a mí ya me habían dado el título, ¿qué carajo hago yo aquí?". Hacerme la pregunta, en la suprema realidad del sueño, es la antesala a despertarme (a veces jadeando, casi siempre sudando...) y tomar conciencia de mi estado. He pensado que quizás escribiendo, rememorando esos episodios vividos que se deforman cada noche en la pesadilla, pueda dormir en paz como el jubilado que soy.
La segunda razón es bastante más seria. Incluso dolorosa. Como ya he comentado, dejé de trabajar, "más o menos abruptamente", en diciembre de 2023. Durante mis dos últimas semanas en la última empresa, estuve solapando ("pasando los trastos") durante dos semanas con dos compañeros, una chica y un chico bastante jóvenes. La obra en cuestión se complicó de muy mala manera (hablaré de ello en el capítulo correspondiente), y el trasvase de poderes, que a mí me parecía a priori complicado, resultó muy sencillo gracias a la profesionalidad y sobre todo la proactividad de mis dos compañeros. Él tenía el cargo de jefe de obra, y ella era una jefa de producción perfectamente capacitada para ser jefa de obra. Era amable, inteligente, elegante, siempre con una sonrisa... En otras ocasiones, en otras épocas y en otras empresas, el hecho de solapar en una obra con alguien, tanto de entrante como de saliente, solía provocar ciertas tensiones (facturas pendientes, proveedores descontentos, retraso en las contrataciones, marrones ocultos...), pero mi último solape fue perfecto, porque los dos compañeros hicieron suya la obra desde el primer momento. 
A primeros de octubre del año pasado, se produjo el derrumbe de un edificio en el centro de Madrid. Fallecieron cuatro personas sepultadas por los escombros de los cinco forjados que se les vinieron encima. Tres de los fallecidos eran de la empresa subcontratada que estaba ejecutando las demoliciones. La cuarta era la jefa de producción de la constructora principal. Primero me crujió el corazón cuando me dijeron el nombre de la empresa, y después se me hizo pedazos al enterarme del nombre de la fallecida. No me lo podía creer. Mi antiguo jefe de grupo me lo confirmó, completamente abatido, cuando le llamé por teléfono. Se trataba de la misma persona que, apenas ocho meses antes, había convertido en un camino de rosas una salida del gremio, la mía, que yo había intuido bastante más farragosa.
Leí bastante sobre la noticia en diferentes medios. En algunos mencionaban a mi ex-compañera como arquitecta, en otros como arquitecta técnica, y en cuanto a su función, alguien dijo que era "ayudante de obra". Recuerdo que cuando hablaba del asunto con personas de fuera del gremio, me ocurría lo mismo que me ha ocurrido toda la vida: muy pocas, por no decir ninguna, saben lo que hace en la obra un aparejador, un arquitecto, un jefe de obra (que puede ser arquitecto, aparejador, ingeniero industrial o delineante) o un jefe de producción. Por ello, en memoria de mi compañera, que tenía el título de arquitecta, ejercía de jefa de producción, y podía haber sido una jefa de obra como la copa de un pino, espero que a lo largo del camino se aclaren más o menos esos papeles, y lo imprescindibles que resultan para que cualquier proceso constructivo acabe medianamente bien.
Que no se preocupe nadie. Cambiaré los nombres de las personas, y omitiré también la razón social de aquellas empresas en las que viví circunstancias situadas un poco más allá, o bastante más allá, de la línea de lo moralmente ético o incluso legal. No me motiva hacer sangre, o remover el barro de hechos pasados, sino simplemente aclarar un poco los recuerdos, refrescarlos, ordenarlos, y asimilarlos como algo visto ya desde la distancia que me proporciona el haber dejado de producirlos.
Y hacerlo, más que nada, para que dejen de mezclarse como locos en mis pesadillas de cada noche...

Comentarios

  1. Una de las peores noticias del año pasado. Aunque yo no los conocí. De todas formas, te animo a seguir. Esto promete, Félix. Ánimo.

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    1. Muchas gracias, Roberto. Sí, voy a seguir. Merece la pena por los buenos momentos vividos, entre los que se encuentran los compartidos por personas como tú. Gracias por leer y comentar

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