LOS PRELIMINARES: EL SOBRADITO

Viví mi primer día en la Escuela Universitaria de Aparejadores (por aquella época, en septiembre de 1979, todavía no existía la figura de arquitecto técnico) con el cosquilleo típico que te entra cuando te enfrentas a algo nuevo. Nuevos estudios, nuevo ambiente, nueva ubicación, nuevas personas... Mi compañero de pupitre, en una clase que era tres veces más grande que las aulas en las que había estudiado siempre, y con el triple de gente, no paraba de fumar, encendiendo un nuevo cigarrillo con el que estaba terminando, tan nervioso o más que yo. Ese día fue un caos. No oíamos a los profesores, nos lloraban los ojos por la inmensa humareda del tabaco,  no sabíamos dónde estaba el bar... El caos fue menguando a la fuerza, a medida que pasaban los días y nos íbamos adaptando al nuevo mundo. Aquel primer compañero duró poco. Empezó a faltar a clase cada vez más desde el tercer día, y a las dos semanas desapareció por completo. Y no fue el único. Muchos de los que se habían matriculado no llegaron ni al primer parcial. 

El primer curso, de los tres que tenía la carrera, era selectivo: tenías que aprobar las nueve asignaturas para pasar a segundo. No lo vi complicado. Había estado sacando notables y sobresalientes toda la vida, sin matarme precisamente a estudiar, y esto lo vi bastante asumible. Cuando llegaron los exámenes del primer parcial, que se hacían en la gigantesca aula de dibujo, me presenté a todos. El primero fue de geometría descriptiva. "Está chupado", pensé, y salí convencido de que aquello valía un notable alto. Un par de semanas después, el profesor leyó las notas en clase.

— fulanito de tal, tres. Zutanita, dos y medio. Mengano, uno con treinta y ocho...

Todos iban suspendiendo, sin ninguna piedad. No me preocupaba, estaba convencido de que había sacado una gran nota.

— Jaime Cortés...

Al pronunciar mi nombre, el profesor levantó la mirada, buscándome. Ahí estaba. Primer aprobado, probablemente primer notable. Me erguí en el asiento y estiré el brazo, con la manita abierta para que se viera bien.

— CERO

Así me sonó aquel primer cero de mi vida. Alto, categórico, sonoro, en mayúsculas. No os podéis hacer idea de la sensación que tuve en aquel momento. Se me cayeron en un instante todos los palos del sombrajo. En el lugar del que venía, aquel examen habría sido de notable. Probablemente, me temí, porque aquel lugar había sido más melifluo que la universidad.

También recuerdo cuando se leyeron las notas del primer examen de materiales de construcción.

— Fulanito, siete. Zutanita, nueve, mengano, ocho.

Los murmullos del inicio se transformaron en gritos de alegría que llenaron la clase. Era evidente que materiales era la María de primero. 

— Gómez Pérez, treinta y cuatro.

El silencio se abatió sobre nosotros. "¿Treinta y cuatro? —me susurró al oído mi compañero—. ¿Cómo que treinta y cuatro?".

El profesor levantó la mirada y sonrió. En aquel momento no lo sabíamos, pero estaba disfrutando como un sádico con aquel golpe de efecto. 

— Bueno, no sé si saben ustedes que se puntúa sobre cien… 

Sobre cien. La inmensa mayoría de la clase ni siquiera había llegado al uno.

La historia se repitió en el segundo parcial, y en el tercero. Aquel primer año me sentí como un boxeador luchando contra nueve rivales, recibiendo bofetadas sin saber de dónde me venían. El caso es que yo, el sobradito, que hasta entonces había pasado siempre de curso, de rositas y con nota, no aprobé ninguna asignatura.

El segundo año, cuando supuestamente le había visto las orejas al lobo, aprobé siete, y me quedaron cálculo y álgebra. El tercer año, con sólo dos asignaturas, me relajé hasta el punto de que volví a suspender las dos, y el cuarto aprobé por fin álgebra y volví a suspender cálculo, que finalmente aprobé, in extremis, en la convocatoria de gracia.

Cuatro años, resumiendo, me costó sacar primero. El espíritu de invencible que me habían inoculado en el colegio, sólo me sirvió al llegar a la universidad para estrellarme (con la fuerza de un mihura, eso sí) contra un muro de ladrillo macizo de un pie y medio de espesor.

Segundo y tercero se me dieron bastante mejor (recuerdo como en una nebulosa la cogorza que nos cogimos unos cuantos cuando aprobamos estructuras de segundo, la asignatura más difícil de la carrera), y el proyecto fin de carrera, en el Palacio de Nuevo Baztán, supuso un precioso colofón a mis siete años en Aparejadores.

Fueron unos años preciosos, probablemente los mejores de mi vida, pero de eso me di cuenta bastantes años después, ya inmerso de lleno en el mundo laboral. Descubrí Moncloa, su ambiente estudiantil, su calor, sus lugares emblemáticos, como la papelería SANCER o las academias en las que no teníamos más remedio que matricularnos si queríamos aprobar ciertas asignaturas. Sobre este asunto de las academias, por cierto, me resultaba sorprendente, a veces inquietante, que nada más salir de un examen de oficina técnica, por ejemplo, te entregara un tipo la propaganda de una academia con la solución del ejercicio que acababas de hacer.

Recuerdo con mucho cariño las noches en vela en casa, apoyado en la mesa con el paralex echando humo para terminar un ejercicio de dibujo que nos había cascado "el zorro", fumando sin parar mientras escuchaba, también sin parar, la música de radio EL PAÍS, con los dedos entintados por los escapes del rotring. Recuerdo la ocasión en que el catedrático de dibujo, un hombre de ciento cincuenta años o más, se subió a mi mesa gritando, en medio de la clase, para echarme la bronca porque yo dibujaba con la lengua fuera, una manía que no he podido erradicar y que a él, al parecer, le molestaba muchísimo. Recuerdo las interminables partidas de mus en el bar, las conversaciones en los pasillos, las escapadas a los bares de Moncloa… 

No tenía la sensación de no tener un puto duro, a menos que me juntara con una panda de amigos que manejaban más dinero que yo porque ya trabajaban, y a los que veía poco, más por la necesidad de estudiar continuamente, que por la falta de dinero. Con las pelillas que me sacaba repartiendo propaganda, o con trabajos esporádicos extraños (encuestas del Burger, contador de votantes en el referéndum de la OTAN...) me bastaba, en una ciudad, además, que entraba en ebullición casi cada fin de semana a base de conciertos, ferias y exposiciones gratuitas 

Sí, puedo concluir que aquellos años, previos a la entrada en la carrera de la rata, fueron los mejores de mi vida, aunque yo no fuera consciente en aquel momento.

Como corolario (me encanta esa palabra, aunque en aquella época me provocaba urticaria. Era el término preferido "del Ayuso", el catedrático de cálculo, mi némesis de aquellos cuatro años en primero), comentar que una tarde de febrero de 1981, mientras estaba estudiando precisamente el examen de cálculo que teníamos programado para el día siguiente, me llamó totalmente desquiciado Javier, un compañero, para decirme que había escuchado tiros por la radio. Aquella noche la pasé también en blanco, y no precisamente estudiando. Dedujimos que el examen se iba a suspender, como así fue. Nunca se sabrá, y tampoco tengo ni pruebas ni razones, pero podría ser que alguno de los golpistas tuviera que examinarse de cálculo al día siguiente, y no le apeteciera mucho, al hombre.

 

Comentarios

  1. Jajajaja, preciosa entrada, llena de realismo y humor. Cuántas brutalidades nos hacían en las carreras. La mayor de las frustraciones en la mía llegaba cuando al leer los enunciados de los problemas, acababas convencido de que te habías equivocado de aula y estabas en un examen de otra asignatura. Y lo malo era ver alguna cara conocida que te confirmase que no te habías equivocado. Y sin embargo, vaya años aquellos…

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    1. Ya te digo, Roberto. Los mejores años de nuestra vida sin que nos diéramos ni cuenta de ello. Perdona que no te haya contestado antes, pero es que no veía los comentarios. Me ha costado más volver a configurar el blog que aprobar cálculo y álgebra jajaja. Un abrazo, compañero de pesadillas.

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