SALDOS Y BARONESAS
Resultaba agradable estar dado de alta en la Seguridad Social, después de haber tenido tres trabajos diferentes en los que cobraba mediante recibos de colaboración que mecanografiaba yo mismo. A ese estado placentero contribuía también el hecho de tener la cabeza centrada en una sola empresa. Llevaba varias obras, todas pequeñas, que conseguía para Conbergall un individuo bastante peculiar que se apellidaba Concejal (obviamente falso). En una ocasión le pregunté qué tipo de madera había que poner en la encimera de la cocina de un cliente. "Madera de árbol, por supuesto", me contestó tan tranquilo.
Los clientes que conseguía Concejal eran tan
singulares como él, muy especiales, muy refinados... y muy ignorantes. Uno de
ellos, que vivía en un edificio al lado de la embajada de Gran Bretaña, se
había comprado una bañera de hidromasaje de tres metros de diámetro y metro y
medio de profundidad, y no se le ocurrió otra cosa que colocarla en la terraza
de su enorme ático. Cuando Requejo y yo fuimos a su casa a darle precio para
una reforma, y vimos aquella monstruosidad llena de agua, estuvimos a punto de
sufrir un infarto. Gracias a Dios, a la casualidad, o al "buen sentido"
así, entre comillas, del que instaló la bañera, el centro de gravedad de esta
coincidía más o menos con un pilar de la estructura, pero aún así tuvimos que reforzarlo
para repartir el enorme peso.
Una tarde de viernes, de esas plomizas y aburridas que
aparecen todos los viernes cuando se tiene la desgracia de tener que trabajar,
estaba sólo en la oficina, vagueando un poco, tranquilo, probablemente
planeando el fin de semana, cuando de repente me llamó Requejo.
— Félix, te va a llamar dentro de un rato la baronesa.
Tú dile que todo va bien, que la obra va viento en popa, y sobre todo, escucha
lo que te diga. Tú, escucha, y contéstala lo que puedas.
Por supuesto, yo no sabía ni quién era la baronesa, ni
de qué obra me estaba hablando mi jefe. Casi nada más colgar, volvió a sonar el
teléfono. En esta ocasión era Concejal.
— Hola Félix. Nada, muy rápido: te va a llamar la
baronesa. Tú no hagas ni digas nada, no te enfrentes a ella, simplemente dile
que sí a todo, muy amable, y escucha. Sobre todo, escucha. Y con mucha, mucha
humildad, por favor.
Me sorprendió que tanto Requejo como Concejal
estuvieran tan hermanados en sus recomendaciones, y que depositaran en mí tanta
confianza, aunque poco a poco fui barruntando la razón.
Más o menos a la media hora, sonó otra vez el
teléfono.
Era la baronesa.
Creo que jamás, en toda mi vida, he escuchado a
alguien tan duro al teléfono. Cargada de razón, porque al parecer la obra de
reforma de su casa (que, recapitulemos, no sabía ni dónde estaba, ni que la
estábamos haciendo nosotros) iba fatal, la baronesa se desfogó completamente
conmigo. No me dejó prácticamente abrir la boca, y si lo hacía, me callaba de
golpe con algún exabrupto. El corazón comenzó a latirme desbocado. No
personalizaba en mí su enfado, pero como si lo hubiera hecho. Los peores
parados, a los que puso de vuelta y media, fueron Requejo y Concejal, los dos
cobardes que habían escurrido el bulto, permitiendo que un alma cándida, un
pobre inocente, hiciera de cabeza de turco ante el desaforado ataque de aquella
mujer. Cuando colgué, después de diez minutos de auténtico terror, me temblaban
las manos, las piernas y las pestañas. El lunes se descojonaron literalmente de
mí los dos, y yo jamás supe ni cómo acabó la obra, ni si finalmente fueron
despellejados, rebozados en sal y hervidos en aceite.
No diré quien era la baronesa, que como he dicho
antes, tenía toda la razón. Sólo comentaré que, al entrar en cierto museo del
Paseo del Prado, todavía se me acelera el corazón al recordar lo que escuché
aquella negra tarde de viernes.
En otra ocasión, más o menos en febrero o marzo de
1988, tuvo lugar otro episodio curioso, de esos que se recuerdan con cierta
tensión por mucho tiempo que pase. Una noche, me llamó Requejo (su llamada
nocturna ya era ley por aquel entonces) para citarme al día siguiente, bastante
temprano, en una dirección concreta de la calle Montera. Cuando llegué,
Santiago y otros dos operarios ya estaban esperando. Se trataba de un solar
vacío, entre dos edificios cuya pared medianera presentaba zonas negruzcas y restos
metálicos. Una valla ciega de chapa galvanizada, con una puerta del mismo
material, impedía la visión desde la calle. Santiago sacó una llave y abrió el
acceso. Nos metimos en el solar, y el encargado se dirigió directamente a una
trampilla de madera, cubierta de tierra, hierba y escombros, que apenas se
distinguía en el suelo. Sin duda había visto previamente un plano con la
situación del agujero. Consiguió abrirla con la ayuda de un pico, y casi al
momento introdujo en el hueco una escalera metálica bastante larga. Al
instante, los dos peones, ágiles como gatos, bajaron por ella.
A los pocos minutos, empezaron a sacar a la superficie
productos de droguería: cajas de detergente, paquetes de plástico con frascos
de gel, champú, papel higiénico... Alrededor del agujero empezó a amontonarse un
material que Santiago iba colocando a su vez en la furgoneta blanca que había
aparcado fuera del solar.
Más o menos a media mañana, sin duda avisadas por
alguien que estaba observando movimientos extraños en un solar cerrado a cal y
canto hasta ese día, aparecieron varios coches de la policía, nacional y municipal.
Rápidamente nos obligaron a parar los trabajos, y al pedirnos el permiso para
hacer aquello, Santiago me miró con ojos de pez.
— ¿Pero no te ha dado Requejo ningún papel? — Le
pregunté.
Se encogió de hombros y empezó a sudar, a pesar del
frío que hacía.
Ni que decir tiene que la presencia de seis coches de
policía, en aquel momento y en aquel lugar emblemático, congregó a una nube de
curiosos cada vez más numerosa, y cada vez más ruidosa. Sin tener ni idea de lo
que ocurría, y sin ningún fundamento, como suele ocurrir ante un suceso que se
sale de lo normal, algunos de aquellos transeúntes aburridos conjeturaban con las
ideas más peregrinas, entre las que recuerdo por su surrealismo las siguientes:
— Son ladrones, y les han pillado.
— Van a derribar los edificios colindantes al solar.
— Van a limpiar los escombros del solar.
— Van a montar un puesto de melones ilegal (lo juro.
Esto lo dijo cabreadísima y a gritos una señora que tenía un puesto de melones
por la zona).
Ante la inoperancia de Santiago, la ausencia de
Requejo, y el hecho de que en aquella época no existían los teléfonos móviles,
opté por hacer lo primero que me dictaron tanto mi conciencia como mi instinto
de supervivencia: salir corriendo hacia los cuarteles generales de los dueños
del lugar, situados en la calle Atocha.
Algunos habréis deducido ya la razón de que existiera
un solar de esas características en la calle Montera. El 4 de septiembre de
1987, muy cerca de las ocho de la tarde, se declaró un incendio en la tercera
planta de los Almacenes Arias, una famosa tienda con varios edificios
repartidos por Madrid, más conocida como Saldos Arias. Acudieron ochenta y ocho
bomberos. Cerca de las tres de la mañana del día 5, el edificio se desplomó,
atrapando a diez de esos bomberos. Hasta el día 9 de septiembre no se pudo recuperar
el último cadáver, tal era la montaña de escombros que se produjeron.
Posteriormente a esa fecha se limpió el lugar lentamente, hasta quedar como el
solar pelado y abandonado que nos habíamos encontrado por la mañana.
Llegué sudando a la tienda de Atocha y hablé con los
dueños, que realizaron rápidamente un par de llamadas. Casi nada más llegar de
vuelta al solar, aparecieron cuatro abogados, perfectamente trajeados, que tras
hablar con los policías, y después de mostrarles unos cuantos papeles,
consiguieron que estos abandonaran la escena del supuesto crimen, tras lo cual
seguimos trabajando, sacando paquetes de aquel agujero, hasta las seis de la
tarde.
Yo era todavía un pardillo, eso estaba claro, pero
desde el primer momento me había extrañado la parafernalia que mi empresa había
montado para sacar, simplemente, unos cuantos paquetes de productos de
droguería. Mientras comíamos un día Santiago y yo varias semanas más tarde,
y después de tres o cuatro vasos de vino con casera, conseguí que mi
compañero soltara la lengua.
— Lo de los detergentes era lo de menos. De lo que se
trataba era de recuperar la caja de las ventas de aquel día, que se guardó en
el sótano nada más desatarse el incendio.
— Coño... ¿Y encontraste la caja?
Santiago sonrió. Jamás tuve una respuesta a mi
pregunta, ni de él ni de Requejo, que sonrió exactamente igual que Santiago
cuando se lo pregunté a el, pero sus sonrisas me indujeron a pensar que sí, que
la caja del día del incendio de Saldos Arias había sido recuperada, meses
después, por una modesta empresa constructora.
A finales de junio de 1988 me llamó un amigo, también
aparejador y antiguo compañero de colegio. En su empresa estaban buscando a
alguien de mi perfil, más o menos avispado en rehabilitación. Me pagaban más
del doble de lo que estaba cobrando en Conbergall. Cuando se lo dije a Requejo,
se echó las manos a la cabeza, y me hizo una contra oferta, pero no llegaba ni
de lejos a lo que me ofrecían los otros. Me costó un disgusto tremendo tomar la
decisión, porque chocaban frontalmente la cabeza y el corazón, pero finalmente
pudo la primera. Rematé durante varios días las obras que tenía en marcha, me
despedí de Requejo literalmente llorando (ambos), y comencé, el 1 de julio de
1988, una nueva e incierta etapa laboral.

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