VOLVER A NACER

El 1 de Julio de 1988 firmé contrato, de la noche a la mañana, con una empresa de la que prefiero omitir el nombre. Cuando le dije a Pilar, entonces mi novia, que había cambiado de trabajo, que iba a ganar más del doble, y que íbamos a tener que anular la reserva en un hotel de la playa que habíamos apalabrado un mes antes, tuvo una crisis de emociones, pasando de la alegría al llanto, vuelta a la alegría y de nuevo al llanto, en apenas unos minutos.

La sede de la nueva empresa estaba en el barrio del Pilar, muy cerca de la Vaguada. No tenía nada que ver con CONBERGALL. Se trataba de un local enorme, que ocupaba casi toda la planta baja de un edificio. Cuando llegué me presentaron al personal (dos secretarias, dos administrativos, varios jefes de grupo que andaban aquel día por allí, jefes de obra, encargados...). Nada que ver tampoco con mi anterior etapa, en la que sólo estábamos Requejo, un administrativo compartido con un despacho de abogados, un encargado, y yo. Me daba la impresión de haber abandonado la segunda división para jugar en primera. A mis veintisiete años, y con una trayectoria apenas empezada, no era capaz de barruntar todavía lo equivocado que estaba.

La sensación de agusanamiento me invadió ya del todo cuando el presidente de la compañía me llamó a su despacho, un recinto más grande que el resto de la oficina, amueblado con sillones enormes, una gigantesca mesa de despacho, un enorme espejo a la espalda, y enormes paneles de madera oscura. El hombre estaba perfectamente trajeado, sonriente, peinado al estilo Mario Conde, y con ese extraño color de piel que proporcionan los rayos UVA. Nada que ver con Requejo, que al lado de este triunfador parecía un indigente, y que sin embargo, y de eso me daría cuenta al poco tiempo, le daba mil vueltas al nuevo en profesionalidad, integridad, inteligencia y calidad humana. Me sentó frente a él, en un sillón deliberadamente más bajo que el suyo, y me habló del organigrama, de la cuenta de resultados, de los clientes con los que trabajaban, especialmente la ONCE, de lo divino y de lo humano, y después me preguntó de dónde venía yo y qué había hecho. Mientras se lo explicaba se dedicó a ordenar papeles en su mesa sin prestarme atención, pero, eso sí, sin dejar de sonreír. Aquel fue el primero de los tres únicos encuentros que tuve con aquel personaje.

Enseguida me presentaron a mi jefe de grupo, un tal González, que también se peinaba como Mario Conde y tenía la piel a los rayos UVA, pero más cetrina, como si la máquina que usaba fuera de calidad inferior. En realidad, todos los jefes de grupo tenían el mismo aspecto, vestían los mismos trajes, se peinaban igual, y hablaban con la misma soberbia, como si aquella fuera la marca de la empresa. González me encomendó un par de obras de reforma, en principio sencillas, para ver cómo me desenvolvía. 

En la primera, un local de la ONCE en el que había que ampliar las ventanas de la fachada, conocí a Pepe, uno de los cuatro encargados itinerantes con los que contaba la empresa. Pepe me puso al día rápidamente de los entresijos. Los cuatro encargados recorrían los tajos, llevando maquinaria, materiales o incluso personal de un lado a otro. Lo hacían con más o menos diligencia en función de cómo les cayera el jefe de obra correspondiente. Le debí de agradar desde el primer momento, porque no tuve nunca ningún problema con él. 

En aquel local conocí también por primera vez a Poli (mote real), un peón de muy avanzada edad, que se dedicaba a los trabajos de menor dificultad. Poli barría, quitaba el polvo, les llevaba cubos de mortero a los albañiles, llenaba el botijo... Y todo ello con una parsimonia que llamaba la atención. Era alto, con muy poco pelo, desgarbado, y lucía un bigote que me recordaba a Nietzsche. Tenía una tristeza infinita en los ojos, y una elegancia en la forma de hablar que chocaba profundamente en aquel ambiente. 

Su presentación fue muy curiosa. En aquella época no se llevaba poner servicio en las obras (en realidad, no se llevaba nada que tuviera que ver con la seguridad). Cada cual se apañaba como podía, en el bar de al lado para las aguas mayores, y en cualquier rincón del local para las menores. Cada día, casi siempre a la misma hora, yo orinaba en un determinado punto, siempre el mismo. Poli, que al parecer estaba al tanto, se acercó en una ocasión a mí. 

— Buenos días. Espero no molestarle. He observado que usted siempre micciona en el mismo pilar, y eso es contraproducente, porque la orina acaba dejando mal olor si se concentra en un punto y no se esparce adecuadamente.

Después de aquella lección, Poli y yo cogimos bastante confianza. A los pocos días me contó su historia, bastante terrible. Tuvo un buen trabajo, e incluso había fundado una pequeña empresa, pero se había arruinado a causa de un hijo drogadicto. Tuvo una depresión de caballo y se alcoholizó. Le habían dado este puesto casi por hacerle un favor, y el hombre sobrevivía como podía, ya recuperado de sus problemas de alcohol pero muy tocado todavía. El caso es que nos cogimos cariño mutuo. 

Como ya he comentado, la empresa realizaba muchos trabajos para la ONCE. Probablemente, el más complicado consistió en tapar con un techo de escayola los cables de alta tensión que discurrían, aéreos, por un centro de transformación situado en el sótano de la sede que la compañía tiene en la calle Prado. Cables de alta tensión, repito. Tres cables situados a poco más de tres metros de altura. El trabajo tenía que ser programado casi al milímetro, ya que el centro de transformación daba servicio a toda la manzana y, lógicamente, había que cortar el suministro eléctrico mientras se realizaba el falso techo. Coordinamos con la compañía, que a su vez habló con las comunidades de vecinos y locales colindantes, y se concretó que el corte se haría un sábado por la mañana, de ocho a dos de la tarde. Hablamos con el escayolista, y al preguntarle si iba a poder rematar el trabajo en aquellas seis horas, se encogió de hombros, sin dar una respuesta concreta.

— A ver, tendrá que dar tiempo...

Ante aquella respuesta tan ambigua me entraron los sudores. El corte de luz de todo un barrio me parecía algo muy estresante. De repente, se me ocurrió una idea luminosa. Para ganar tiempo, podíamos montar Poli y yo los andamios el viernes por la tarde.

Ni cortos ni perezosos, nos presentamos en la ONCE el día antes del corte de electricidad, con cuatro módulos de andamio (de los antiguos, amarillos, más anchos y menos altos que los de ahora), cuatro crucetas y tres plataformas. Le pedimos al conserje la llave del centro de transformación, que nos entregó sin preguntar nada, y bajamos al cuarto tan ufanos.

Imaginaos el cuadro: dos personajes, absolutamente inexpertos, montando andamios, trasteando durante casi dos horas con material metálico en un cuarto, no demasiado grande, por el que sobrevolaban tres cables de alta tensión.  A la media hora de estar allí noté cosquillas en todo el cuerpo. Miré a Poli, que en ese momento luchaba intentando montar una tijera en uno de los módulos. Los cuatro pelos que tenía en la cabeza se le habían estirado, como si tuviera clavos, y me pareció que su mirada era mucho más viva que de costumbre. Cuando terminamos el conjunto lo movimos para colocarlo en su sitio, y que el escayolista pudiera trabajar cómodamente. Al salir del cuarto sentí que me costaba trabajo andar.

A las ocho de la mañana habíamos quedado en el centro de transformación con los escayolistas y con los operarios de la compañía eléctrica que tenían que realizar el corte. Uno de ellos abrió la puerta. Al ver el andamio montado dio un pequeño salto hacia atrás y abrió los ojos como si hubiera visto algo terrorífico.

— ¿Pero quién coño ha montado aquí este andamio? 

Sonreí y me toqué el pecho, señalando a Poli al mismo tiempo. Pensaba que nos iban a dar una medalla.

— Este hombre y yo.

El operario se llevó las manos a la cabeza y empezó a sudar.

— !Pero cómo se puede ser tan inconsciente! !A quién se le ocurre hacer una barbaridad así!! !Con cables de alta tensión!

El corazón comenzó a latirme desbocado, más que nada por las miradas que nos dirigieron todos los que estaban allí, incluso el conserje que nos había dejado la llave del cuarto el día anterior. Apenas me salió la voz cuando intenté defenderme.

— Tuvimos mucho cuidado de no tocar los cables...

— ¿De no tocar los cables? pero mire dónde están los cables y dónde está el andamio, coño. Apenas hay treinta centímetros entre uno y otro. ¿Es que no sabe usted lo que es un arco de descarga? ¿Y hace usted obras en un centro de transformación sin conocer los riesgos? Venga, coño, no me joda...

Por suerte, uno de los operarios de más edad salió al quite para descargar tensión (nunca mejor dicho).

— Venga, vamos a lo nuestro, que se nos va la mañana. Al fin y al cabo no ha pasado nada.

Al pasar por nuestro lado, otro de los operarios dijo:

— Ayer volvisteis a nacer.

Cuando nos quedamos solos, hablé con Poli.

— ¿Tú notaste algo?

Se encogió de hombros.

— Bueno... La verdad es que anoche noté que la chaqueta se me pegaba al cuerpo al quitármela, pero quitando eso...

No sé si fue por aquel incidente, o por cualquier otro motivo, pero el caso es que el jefazo me citó por segunda vez en su despacho. Tenía el mismo pelo, el mismo traje, y el mismo tono de piel, pero la sonrisa se le había borrado por completo de la cara. Más o menos me vino a decir que algún pez gordo de la ONCE se había quejado de mí, añadiendo que como persona era poco fiable. Creo que fue la conversación más desagradable que he tenido en mi vida, sobre todo teniendo en cuenta que no sabía de donde me venían los palos. Había tratado con varios dirigentes de la ONCE, y en teoría me llevaba bastante bien con ellos. El caso es que el jefazo me dio un ultimátum. O mejoraba o me iba, así de sencillo.

No me resultaba nada fácil trabajar con esa presión. El ambiente se enrareció por encima de lo que cualquier persona, y más un todavía inexperto jefe de obra como era todavía, podía soportar. Mi autoestima se desplomó por completo, apenas dormía, magnificaba cualquier problema por pequeño que fuera... En la obra, además, todo el mundo sabía que me había llevado un rapapolvo (seguro que el jefazo se había encargado de difundirlo a todos los niveles y en todos los lugares, desde la ONCE hasta el último peón), y unos me trataban con desprecio, algo que me dolía, y otros con lástima, que me dolía todavía más.  No estaba bien, en definitiva, y la puntilla llegó dos meses más tarde, cuando, en el tercer encuentro, el jefazo me dijo que tenía que dejar la empresa. Pero lo gracioso fue que no quería echarme, supongo que para ahorrarse la liquidación, sino que me fuera voluntariamente. Que buscara trabajo cuanto antes y que me largara, vamos. Yo era bastante ignorante todavía en asuntos laborales, y muy inocente en otros muchos aspectos. Debería haberme plantado y decirle que me echara sin más, pero ni fui capaz ni conocía todavía la diferencia entre una baja voluntaria y un despido. Las dos semanas siguientes fueron terroríficas. Un administrativo joven (el peinado a lo Mario Conde le quedaba fatal), que al principio me había jurado sonrisas y amistad eternas, se dedicó sistemáticamente, supongo que a su vez presionado por el jefazo, a presionarme cada mañana, de la peor de las maneras posible, para que encontrara trabajo y me fuera "de una puta vez". Por suerte, un electricista con el que no me había llevado especialmente bien, y que sin embargo me valoraba mucho como profesional (esto me ha sucedido en varias ocasiones, curiosamente), le habló de mí al director de una empresa constructora, que me llamó para una entrevista. Llegamos a un acuerdo rápidamente, y salí huyendo, con la moral por los suelos, de aquel ambiente triste. 

Recuerdo la fase de despedidas como algo entrañable. Tanto los albañiles que tenía repartidos por mis obras, como la mayoría de los clientes de la ONCE (algunos no entendían qué había pasado), e incluso los compañeros encargados, me abrazaron y me desearon lo mejor. Pero sin duda alguna, la despedida más especial la tuve con Poli. Una tarde quedamos y nos fuimos a tomar algo a una terraza. Me hizo gracia, porque mi padre estuvo mucho tiempo haciendo lo mismo, que el hombre le pidiera al camarero "una Mirinda". El otro se encogió de hombros y respondió con cara de pocos amigos "Aquí no tenemos Mirinda. Ni nosotros ni nadie tiene ya Mirinda, hombre, desapareció hace más de treinta años. Le traigo una Fanta de naranja y a correr". Cuando el camarero se alejó refunfuñando ("una Mirinda, una Mirinda, coño..."), Poli se echó a reír: "Madre mía. Claro, como hace tanto tiempo que no tomo nada sin alcohol...". Le veía muy bien, muy despierto, con la mirada más viva, mucho más alegre que cuando le conocí. 

— La verdad es que estoy muy centrado, Félix. Muy tranquilo, bastante bien en el trabajo, y además he recibido una carta de mi hijo donde me dice que hace más de seis meses que no se droga, que está trabajando y que tiene novia. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

Me alegré sinceramente por él, y brindamos con la Fanta y el Bitter kas que estábamos tomando. Parecía que Poli, de alguna manera, había recuperado la energía que seguro que había tenido en otra época, a pesar de la capa de tristeza que la escondía.

Lo que no supe jamás, ni siquiera a día de hoy, es si ese aumento de vitalidad le vino a Poli de un ejercicio personal de autoestimulación del alma, o del chute de energía eléctrica que nos sacudió a los dos la tarde que volvimos a nacer en un centro de transformación de la ONCE.

 

Comentarios

  1. Bravo, Félix! recuerdos, humor y “tensión” ¿qué más se puede pedir?

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    1. Muchas gracias, Roberto. La verdad es que mi visión, con la distancia, probablemente sea más benevolente, pero estuve un tiempo aterrado por lo que podría haber ocurrido. Luego ya lo de aferrarme por esas cosas se fue suavizando 😂

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  2. Respuestas
    1. Ya ves... Bueno, el arco voltaico es lo que ocurre en soldadura, esto era arco de descarga, una descarga que puede producirse cuando acercas algo metálico a una línea de alta tensión. Simplemente por acercarlo. Si TOCAS la línea, ya ni te cuento

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