EL HOMBRE TRANQUILO (DAGÓN Tercera y última parte)

José Manuel me sacaba la cabeza literalmente, y eso que yo no soy precisamente bajo. Mi jefe contactó con él para que formara una empresa de mano de obra que trabajara únicamente con nosotros. Gracias a sus conocimientos mercantiles, que no constructivos, José Manuel fundó una sociedad de la noche a la mañana, y empezó a nutrirse del personal que en realidad le proporcionábamos nosotros.

Además de su altura, imponente, tenía una cabeza enorme, y un pelazo que, sin ser melena, se le acercaba bastante, tachonado de mechones blancos y negros a pesar de no tener por aquel entonces mucho más de cuarenta años. Cuando me lo presentaron me pareció alguien muy serio, incluso siniestro. A los dos días de conocernos me dijo, sin venir a cuento:

— Blas Piñar a mi lado es la Pasionaria.

Y a continuación se echó a reír. Reía de una forma muy curiosa, como silbando, sin hacer mucho ruido, pero le temblaba todo el cuerpo cuando lo hacía. Poco a poco me fui dando cuenta de que de serio no tenía nada, y a él le ocurrió lo mismo conmigo. A pesar que no tenía la obligación de ir a la obra, lo hacía muy a menudo, prácticamente todos los días, y fuimos forjando una amistad basada en los libros, el cine, la música y los chascarrillos que se nos ocurrían a uno y a otro. No tenía ni idea de construcción, pero me ayudaba a replantear o a lo que se presentara. Destacaba entre la gente de la obra tanto por su altura como por su vestimenta, siempre con loden, jersey de cuello alto, zapatos elegantes... Parecía un marqués, y de hecho así comenzó a llamarle la gente de obra. 

Una de las primeras contrataciones que hizo José Manuel fue la de un chaval que apareció un buen día en la obra pidiendo trabajo de lo que fuera. Lo curioso es que vestía zapatos de charol de color marrón, pantalón de campana y jersey de lana amarillo de cuello alto. Era verano, y sudaba la gota gorda con aquella ropa. Venía de Zamora, y era muy bajito, relleno, de tez muy morena y pelo corto y negro. Por lo que fuera, probablemente porque despertó en nosotros nuestro instinto protector, y porque a mí me recordaba a mí mismo cuando mi madre me vestía con una ropa muy parecida cuando algún primo hacía la Primera Comunión, le contratamos. 

Los primeros días trabajó con la misma ropa y los mismos zapatos que había traído, hasta que José Manuel, apiadado, le adelantó dinero para que se comprara ropa más adecuada. Era muy torpe, andaba muy deprisa por los tajos y a veces volcaba carretillas. Paco, un peón de más de setenta años que me enseñó la forma correcta de coger un pico, dijo una vez de él:

— Ese no vale ni para ir a llenar el botijo.

Como si hubiera sido una premonición, al día siguiente el zamorano fue a llenar el botijo y al volver tropezó y lo rompió. Además de torpe, era muy inocente, tirando a alelado. En una ocasión se fue a comer con tres peones, a los que José Manuel calificaba como medio delincuentes, y volvieron una hora más tarde, mamados perdidos. Cuando al día siguiente le preguntamos por qué había hecho eso, señaló a uno de los peones y nos contestó, cabizbajo y abatido:

— Me enseñó un metro y me dijo que no había ningún problema, que él era el encargado.

José Manuel empezó a hacer conjeturas peliculeras. El zamorano le contó que había huido de Zamora, por algo que al parecer le había traumatizado, pero que no llegó nunca a desvelar. Lo que más nos hacía divagar era su aspecto. José Manuel sospechaba que había huido de una boda en pleno banquete, por alguna historia turbia con los novios, y se había venido andando hasta Madrid. El caso es que cuando cobró su primera nómina desapareció sin más, y jamás volvimos a saber de él.

José Manuel se llevaba fatal con Jacinto, el encargado de los chalets, porque decía que le había dado "la mano blanda, como un pescado muerto" cuando se lo presentamos, y que además Jacinto era "muy bolchevique". El caso es que a Jacinto también le caía fatal José Manuel, y los enfrentamientos entre ellos eran constantes. El encargado le decía al contratista que no tenía ni puta idea, a lo que él otro respondía llamándole delincuente. Esas relaciones amistosas se recrudecían sobre todo después de comer, cuando el vino con casera y las copitas de después causaban estragos.

Porque en las obras, al menos en aquella época, se bebía. Y mucho. La imagen era siempre la misma: personal en el bar a las siete y media de la mañana con su copita de sol y sombra. A media mañana, bocadillo con copa, por supuesto, y a la hora de comer ya ni te cuento. Tengo grabada en la cabeza la imagen de un oficial, bastante mayor, que colocaba tejas. Este hombre se acodaba a la barra del bar a las siete de la mañana, con las manos temblándole. Se tomaba un sol y sombra, y veías que las manos le temblaban un poco menos, y dejaban de temblarle del todo al tercer o cuarto sol y sombra. Después se subía al tejado, sin barandilla, sin protección, por un andamio amarillo mal montado. Cuando le veía subir siempre pensaba que Dios existe. Si a eso le añades que las normas de seguridad en general no existían, y si existían la gente se las pasaba por el forro, podéis imaginaros el panorama. Mi imagen de la obra de aquella época, tanto de los chalets como del bloque de viviendas, está formada por peones descamisados, en pantalón corto y con playeras (alguno con chancletas incluso), oficiales albañiles poniendo ladrillo con un pañuelo anudado en la cabeza, y un gruísta, Felipe, que hablaba silbando y miraba siempre torcido, con una gorra de chulapo. Y todo ello sobre montones de escombro, como si se tratará de una de las peores pesadillas de Fellini. No existían los chalecos reflectantes, ni el calzado de seguridad, había cascos, pero nadie, ni siquiera yo, los utilizaba. Resultaba curioso ver volar los cascos de un tajo a otro cuando se corría el rumor de que iba a ver una inspección de trabajo. Cuando ocurría eso, todo el mundo se lo ponía, a veces al revés.

A pesar de todo, las obras avanzaban. José Manuel aprendió el oficio del buen pistolero, robando albañiles de las obras circundantes que después otros pistoleros le robaban a él, y yo me fui curtiendo poco a poco como jefe de obra. Al llegar a fin de mes preparaba el parte del personal, se lo daba a José Manuel, y este facturaba y pagaba a su gente. Un buen día, ya al final de la obra, José Manuel cobró su factura, y no sólo no pagó, sino que desapareció del mapa. Jamás volvimos a saber de él. Había sido un puntal importante en aquel proyecto, un hombre tranquilo en medio del caos, y sentí mucho perderle la pista. Estuve buscándole durante bastantes años, pero ni respondía al teléfono ni se sabía por dónde andaba. La rumorología le atribuía un extraño viaje a Brasil del que aparecer nunca volvió, pero esas cosas nunca se sabe si son ciertas o no. El caso es que tanto el zamorano como el hombre tranquilo desaparecieron de repente sin decir adiós.

Con las viviendas entregándose, y todo el mundo más o menos contento, las perspectivas en DAGÓN comenzaron a ser inciertas para mí, precisamente porque no había de momento otra obra en perspectiva. Por suerte, un ojeador de FERSA, encargado de la obra que estaba al lado de la mía, y que al parecer me había observado mientras pululábamos por allí, concertó una entrevista que desembocó en la siguiente etapa.

 

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

SOLO ANTE EL PELIGRO ( DAGÓN Primera parte)

LOS PRELIMINARES: EL SOBRADITO

ADIOS A LAS AULAS. ATERRIZAJE LABORAL