MI TÍO JACINTO (DAGÓN Segunda parte)
"Jacinto es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no tiene huesos...".
Resultaba imposible no pensar en ese comienzo inmortal
de Juan Ramón Jiménez cada vez que veía deambular por la obra al encargado de
los chalets. Porque lo que hacía Jacinto principalmente era eso, deambular de
un lado a otro por el medio de la calle que delimitaban las dos filas de viviendas
adosadas que estábamos construyendo en el sector 1 de Leganés. Jacinto era
realmente así, pequeño y peludo al menos. Lo de suave era un añadido mío para
completar la imagen. Otro personaje que me venía siempre a la cabeza al verle
era Will Kane, el incombustible sheriff de "Sólo ante el peligro"
magistralmente interpretado por Gary Cooper, pero sometido a una máquina que
deformaba los rasgos y le había transformado en Louis Dega, el genial
falsificador interpretado por Dustin Hoffman en "Papillon". Imaginaos
la escena: Louis Dega paseando en solitario, bamboleándose de un lado a otro y
reclamando siempre ayuda, por la calle solitaria de un poblacho Far West de
Leganés. Esa era la naturaleza de Jacinto. Yo aparcaba el coche en el extremo
de la calle más alejado de la caseta de obra, situada en el otro, y casi
siempre, cada día, veía a Jacinto en el centro, andando con sus piernas
combadas, tipo vaquero, viniendo hacia mí para informarme, normalmente a gritos,
del problema del día. Se había ido el agua, la grúa no funcionaba, no había
llegado un camión de ladrillos que hacía falta... Si en algo destacaba Jacinto
era en que jamás solucionaba nada.
Esto de los ladrillos, por cierto, merece un inciso
por mi parte. Por aquel entonces resultaba impensable no construir las fachadas
con ladrillo visto. Después de muchas reuniones y de varias muestras, de un
metro de ancho por un metro de alto, se eligió, por parte del arquitecto y de
la propiedad, un ladrillo bastante elegante, de un tono marrón tostado, y escandalosamente
caro. El ladrillo lo suministraba uno de los poderosos de Leganés, socio,
inversor y propietario en la obra, miembro de la camarilla política y sobre
todo deportiva de la localidad. Se firmó el contrato para el suministro no sólo
del ladrillo visto, sino de todos los demás materiales (yeso en sacos, cemento,
ladrillos para tabiquería...), y más o menos a la semana le presenté a mi jefe
al representante de una fábrica de ladrillos de Toledo, que me ofrecía
exactamente el mismo ladrillo a la mitad del precio que nos cobraba el otro.
Por lo que me enteré más tarde, durante la reunión que mantuvieron mi jefe y su
socio con aquel preboste de Leganés en un intento de negociar el precio, este
estuvo a punto de reventar por el ataque de ira y soberbia que le sacudió
cuando los míos le insinuaron la rebaja. Rápidamente informó a la cúpula de
prebostes de la insolencia de "esa empresilla" que estaba
construyendo las viviendas del sector 1, y alguien de esa cúpula llamó a mis
jefes para callarles la boca y hacerles tragar su orgullo. Para más inri,
después de recibir el primer camión de ladrillos, con cuarenta paléts, Jacinto
vino hacia mí con sus piernas cortas y moviendo los brazos, escandalizado,
gritando que nos estaban estafando. En efecto, al desarmar el primer palet, en
el centro del mismo había un hueco vacío bastante grande, por lo que si el
palet tenía que traer cuatrocientos ladrillos, por decir una cifra, en realidad
tenía trescientos, escamoteados cien al crear ese hueco. Cuando se lo dije a mi
jefe, agachó la cabeza y las orejas, recordando sin duda el raspado que le
habían dado las altas jerarquías, y me dijo que no rechistara.
En realidad nos estafaban con todo. Era la costumbre
en las obras. La madera que se suministraba para los encofrados, en tabla o
tabloncillo, venía en paquetes, y cuando Jacinto o yo medíamos ese paquete en
el camión, siempre, y digo siempre porque realmente era así, cubicaba
mucho menos de lo que ponía en el albarán. También nos estafaban en el
hormigón, probablemente lo más caro de la obra. De vez en cuando pesábamos un
camión, en una báscula cercana, para comprobar que realmente nos habían servido
los seis metros cúbicos que marcaba el albarán. En una ocasión, le dije al del
camión que fuera a la báscula y le seguí en mi coche. El tipo avanzaba soltando
agua, algo que achaqué a algún tipo de avería. Cuando se lo comenté de pasada a
Jacinto, me dijo que los camiones de hormigón llevaban un depósito de agua de
más o menos un metro cúbico. Ese agua derramada en el camino suponía casi mil
kilos menos de peso, y mil kilos de hormigón era mucho dinero. El caso es que
la picaresca era la norma, incluso entre socios, y cada vez me resultaba más
triste tener que detectar las estafas en cada camión que llegaba a obra. El
hierro para armar, el cobre para las tuberías, que si te descuidabas te lo
metían de Turquía sin homologar, el pvc para las bajantes de un grosor más
fino... Todo, absolutamente todo, era objeto de estafa, pero el caso más
flagrante que destapé fue el de los silos de yeso y de cemento. Estos se
rellenaban con un camión cisterna mediante una manguera que metía a presión el
material en el silo. A mí no me cuadraba nunca el volumen suministrado con lo
consumido en obra: siempre me faltaba un porcentaje. Un día me subí en el silo
cuando el camión terminó de cargar, abrí la portezuela de la parte superior,
medí la distancia desde ahí hasta el material, y cubiqué. En efecto, en el
albarán figuraba casi un tercio más de lo que me habían servido. Ni que decir
tiene que el camionero se disipaba, se hacía el tonto, y a veces incluso se
enrabietaba como un niño, cuando descubrías una estafa tan flagrante e
indefendible. Este te remitía a sus jefes, que normalmente te enviaban a obra a
un ejecutivo de la empresa, simpático y amable, que te invitaba a comer y que,
con una sonrisa, trataba de convencerte, con dinero o regalos, de que obviaras
el asunto. "Son las reglas del mercado", "es la costumbre"
o "todo el mundo tiene que ganar dinero" son frases que escuchaba
todos los días, a todas horas. Cuando les respondía que no iban a ganar dinero estafado
a costa de mi obra, o que no eran mis reglas, la sonrisa se transformaba en un
rictus de soberbia, se acababa la conversación, y a los dos días recibía
una llamada de mi jefe, al que por supuesto había informado previamente,
diciéndome que muy bien hecho, y que no me preocupara, que había solucionado el
asunto con el jefazo de la empresa de los silos con una importante bajada de
precio. Nunca sabré si esa bajada de precio repercutió realmente en un
beneficio o en una pérdida, porque los siguientes silos de la obra, que fueron
bastantes, llegaron a obra con la portezuela superior soldada.
A los tres o cuatro meses de empezar los chalets
comenzaron las obras del bloque de viviendas, situado en el otro extremo del
polígono. Se trataba de un mazacote de cinco alturas y dos plantas de garaje,
con unas cincuenta viviendas, y prácticamente los mismos acabados que los
chalets en lo que se refiere a fachadas, carpintería interior y exterior, etc.
Era muy frecuente ver a las furgonetas de las empresas contratadas ir de un
lado a otro, un día a los chalets y otro al bloque, porque eran los mismos, y también
se hicieron muy frecuentes los enfrentamientos verbales, sistemáticos, una
veces cómicos y otras rozando la tragedia, entre Jacinto, el encargado de los
chalets, y Manolo, el flamante encargado de las viviendas.
Manolo era muy diferente a Jacinto. Alto, espigado,
muy delgado, con un aspecto que recordaba vagamente a varios toreros del pasado
encarnados en su rostro, no se desprendía nunca de sus ropas de cazador ni de
sus gafas Rayban, reminiscencias sin duda del trabajo de guardia forestal que
había ejercido durante la crisis en un coto de caza de Andalucía. Hablaba con
un tono muy grave, con escasas palabras, como si cada vez que emitiera un
sonido le doliera una muela. Nos pontificaba a mí y al hijo de mi jefe, un
muchacho que se había incorporado al equipo para curtirse, sobre diferentes
aspectos relacionados con la construcción. Era muy riguroso y minucioso con los
replanteos, hasta extremos a veces obsesivos, pero manejaba muy mal al
personal. Una filosofía que contrastaba profundamente con la de Jacinto, capaz
de meterse al personal en el bolsillo, pero un auténtico desastre replanteando.
Recuerdo que en una ocasión me invitó a comer en la casa que se había
construido “con sus propias manos” en un pueblo de Toledo, y al verla comprendí
perfectamente lo que ocurría. Los descuadres en tabiques, puertas y ventanas de
su vivienda me recordaron los de la casa de Numerobis en "Asterix y
Cleopatra".
Con las dos obras en marcha, moviéndome de un lado a
otro por calles de tierra polvorienta en verano y barro en invierno, surgió la
necesidad imperiosa de contratar personal de obra, en una época en la que los
"pistolas", contratistas de mano de obra más o menos legales,
entraban a saco en las obras, muchas veces sin permiso, para robar cuadrillas
de tabiqueros, ladrilleros o lo que se les pusiera por delante, ofreciéndoles
el oro y el moro. Era la época en la que casi siempre se veía la misma fila de
coches aparcados en la obra: un BMW de última generación con alerones y un
equipo musical que se escuchaba desde diez kilómetros a la redonda, un Mercedes
500, y mi modesto Peugeot 205. El BMW era del peón, que llegaba primero a la
obra para preparar el mortero. El Mercedes era de su padre, el oficial, que
llegaba a las ocho en punto, y el mío el último, porque siempre llegaba un poco
más tarde. Para solucionar el problema del personal, mi jefe llamó a un amigo
muy peculiar, José Manuel, que de la noche a la mañana creó una empresa
únicamente de mano de obra.
Pero la historia de José Manuel, su vida, sus milagros
y sus circunstancias particulares, es otra entrada.

Qué desastre, Félix :-)
ResponderEliminarAl menos, algo se fue ganando con el tiempo, aunque el resultado final sea más o menos el mismo.
Desde luego, Roberto. El mundo de la construcción cambió bastante con el tiempo, al menos en lo que se refiere a seguridad, honradez (más o menos), agilidad (gracias al teléfono), etc, pero a nosotros nos tocó vivir la época durilla
EliminarHola Félix,
ResponderEliminarMe ubico perfectamente en tus relatos, que supongo de la misma época de mis comienzos en obra. Soy topógrafo, de Getafe y terminé la carrera en el 84. Aunque me moví en el ámbito de la obra pública en distintas partes de España, el ambiente que relatas (por cierto, muy bien escrito -enhorabuena por la iniciativa-) me es totalmente familiar.
Gracias por el esfuerzo de escribir este blog y permitirme así echar la vista atrás a mí propio álbum de fotos.
Hola Javier!! Pues sí, somos más o menos de la misma quinta, yo terminé un par de años más tarde que tú. Te agradezco de corazón tu comentario, cada vez que escribo una entrada pienso sí esto realmente tiene algún sentido, pero aunque sólo sea por eso de "permitirme echar la vista atrás a mi propio álbum de fotos" (me encanta, es muy sugerente), ya merece la pena seguir. Un abrazo, y gracias otra vez
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