EL CONCIERTO DE ARANJUEZ (FERSA segunda y última parte)
La obra de
Aranjuez era un completo desastre. Como comenté en la etapa anterior, tanto la
dirección facultativa como la propiedad habían defenestrado al anterior jefe de
obra, Carlos, y el ambiente era no ya tenso, sino a veces incluso insoportable.
La primera sensación que tuve al llegar, en junio de aquel año, fue de terror
al ver la estructura que se estaba ejecutando. Se trataba de un edificio de
viviendas bastante largo, de siete alturas, en una calle en cuesta. Al
arquitecto no se le había ocurrido otra cosa que absorber los cambios de nivel
mediante saltos en el techo de planta baja, a veces ridículos (de cincuenta
centímetros incluso) que después, y esa era la novedad, algo que no había visto
jamás, ¡se repetían en todas las plantas!. Esos saltos ralentizaban la
ejecución de la estructura y provocaban equívocos a la hora de armar y encofrar
vigas y pilares. Cuando el anterior jefe de obra me estaba explicando ese caos durante la semana que solapamos juntos, empezó a sudar abundantemente.
El día de la reunión de obra tuvo que soportar estoicamente las indirectas,
muchas de ellas directas, tanto de la propiedad como de nuestro superior en la
empresa, que en el fondo se alegraba de deshacerse de Carlos. Se notaba de
lejos que el jefe de obra, el eslabón siempre más débil de la cadena de mando
en toda obra, había sido descabezado para intentar lavar una imagen de FERSA en
aquel lugar que se estaba deteriorando profundamente, entre otras razones porque
aquella obrita en Aranjuez, comparada con otros obrones que se estaban
ejecutando en Madrid, no le interesaba a casi nadie. Pasé auténtica vergüenza ajena
en aquella reunión, y durante la visita de obra, por más que intentaba
explicármelo el arquitecto, no fui capaz de desentrañar el sentido de aquellos
saltos que se repetían en toda la altura.
Que la obra no
le interesaba a la alta dirección de FERSA lo demostraba ya de primeras el
exiguo equipo que le habían preparado. Carlos me advirtió contra los dos
compañeros que me iba a encontrar. Por un lado Matías, un administrativo
bisoño, desgarbado, muy delgado, de pelo negro y rizado, gafas de cristal muy
grueso y la cara llena de granos. Por otro lado, Pedro, un individuo muy
anciano, muy cabrón, muy sarcástico, y sobre todo, según me dijo Carlos, “muy
sobrado, de los del colmillo retorcido”. Estaba claro que los tres no formaban
un equipo más o menos cohesionado. No detecté ninguna afinidad, ni personal ni
profesional, entre el jefe de obra y ellos dos, y lo curioso es que tampoco la
había entre Pedro y Matías.
El primer lunes
sólo ante el peligro recibí un largo sermón de Pedro, advirtiéndome de los
peligros que encerraba cada uno de los miembros de la DF y de la propiedad, del
odio que nos tenían algunas constructoras locales por “haberles robado el pan”,
de la insoportable levedad del ser (desidia, vamos…) de Matías, el
administrativo, y de lo mucho que le traía todo al pairo porque le quedaban
pocos meses para jubilarse. De Carlos, el anterior jefe de obra, me habló
bastante mejor que Carlos de él, lo que me ayudó para ir poniendo las cosas en
su lugar. Ese mismo día me propuse demostrarle (todavía hoy no entiendo por
qué) que la desidia de Matías no era tal. De hecho, fue el mismo Matías, el primer
día, en la caseta que compartíamos los tres, quien comentó en voz alta que le
encantaría saber de planos. Yo miré a Pedro, y con la mirada le dije “¿ves como
estás equivocado, gañán pasado de vueltas? Este muchacho tiene inquietudes”.
— Genial,
Matías. Pues esta tarde, después de las seis, si te parece bien nos quedamos un
rato y te voy enseñando a leer un plano.
— ¡Gracias —contestó
el administrativo—. Genial!
Cuando salió
Matías de la caseta, le solté mi sermón a Pedro.
— ¿Has visto?
Está encantado. A veces la gente te sorprende, sólo hay que saber motivarla
para hacer algo.
Pedro me miró
con esa sonrisa torcida y unos ojillos entrecerrados que jamás olvidaré, y me
dijo.
— Hemos
empezado bien. Veremos cómo acaba el día.
Aproximadamente
una hora más tarde, justo antes de la comida, Matías entró en la caseta con
gesto cansado.
— Estoy
pensando que hace mucho calor para quedarse aquí después de las seis. Si te
parece vemos mejor otro día lo de los planos.
¿Os acordáis de
la risa del lindo pulgoso? Pues así se estuvo riendo Pedro en mis narices durante
el resto del día.
La obra iba
como el culo. A la dificultad del proyecto había que unir la incapacidad
manifiesta y la terrible falta de profesionalidad de la empresa de carpinteros,
dirigida por un individuo que al parecer tenía un puesto de churros en un
pueblo cercano, y mi incapacidad manifiesta para gestionar la obra. Las
reuniones eran un suplicio, jamás hormigonábamos en plazo porque al revisar las
armaduras siempre fallaba algo. A finales de Noviembre sólo habíamos levantado
tres plantas de estructura, y el retraso era manifiesto. Yo recordaba el
despliegue de medios de la empresa en las obras de Leganés, con equipos de diez
o doce personas entre encargados, capataces y personal de gestión, y lloraba de
pena. Lo único que se iba cimentando era una profunda amistad entre Pedro y yo.
El hombre había recorrido casi toda España en tiempos muy penosos, y tenía mil
historias que contar y mil razones para aliviar un alma que en muchas ocasiones
me parecía atormentada. Encontró en mí a alguien que escuchaba, y él también me
aconsejaba bastante bien, con un sentido pragmático, teñido de cierto
escepticismo, que me venía muy bien para compensar mi espíritu en ocasiones
demasiado optimista.
A mediados de
diciembre la empresa decidió unilateralmente que todo el mundo cogiera
vacaciones, con el consiguiente cabreo de la propiedad de Aranjuez, a quien le
parecía una completa chulería la medida teniendo en cuenta el retraso que
arrastraba la obra. Al volver a la oficina central el día 7 de Enero de 1991,
el personal se encontró con un cartel en la puerta, cerrada, en el que se
informaba que FERSA había suspendido pagos.
Al día
siguiente se nos convocó a los trabajadores en un enorme salón de actos en la
sede de Comisiones obreras, en la Avenida de América. Era la primera vez en mi
vida que me ocurría una cosa así, y desde luego no era el único. En aquel salón
me encontré con Damián, mi anterior compañero de estudios, y me senté a su
lado. Estaba abatido, hundido, más desaliñado de lo que era habitual en él, con
la típica barba de tres días que lucen los indigentes de las películas
americanas en blanco y negro. Cuando el delegado sindical comenzó la asamblea
al grito de “!compañeros!”, Damián me susurró al oído “Ya empezamos…”. Aquello
le superaba, a pesar que no le quedaba nada para jubilarse y seguramente
sacaría una buena indemnización después de todos los años que llevaba en la
empresa, pero en aquel momento no se sabía nada de eso. Ni siquiera sabíamos si
íbamos a cobrar algo. Lo que sí nos dijo el delegado es que teníamos que seguir
en las obras, para cobrar al menos la certificación de diciembre y que no se
nos pudiera acusar de abandonar los tajos.
Comenzó así la
etapa probablemente más surrealista de toda mi carrera profesional. La cuestión
era que tenía que ir a la obra, pero esta estaba parada porque a la propiedad no
le había dado tiempo todavía a asimilar la suspensión de pagos contratando a un
sustituto, con lo que no teníamos nada que hacer. Presentamos Pedro y yo una
liquidación, que lógicamente no se pagaba esperando acontecimientos, y después
de eso no nos quedaba nada que hacer, así que nos dedicamos a hacer turismo por
la zona después de hacer acto de presencia a primera hora de la mañana y a
última de la tarde. Al principio alternábamos, un día Pedro y otro yo. Uno se
quedaba en la obra y el otro se iba a recorrer mundo. Recuerdo con especial
cariño un día completamente nevado que me fui a Tembleque a pasear por su
plaza. En otra ocasión llegué hasta Consuegra, Alcázar de San Juan, Villafranca
de los Caballeros y el Toboso. A finales de Enero empezamos a hacer turismo
Pedro y yo juntos, estrechando lazos y conociendo lugares curiosos como Ocaña,
Yepes, el mar de Ontígola o toda la zona de Aranjuez. Estaba obviamente
preocupado por la situación, pero aquellas excursiones me ayudaban a
desconectar y la verdad es que disfruté mucho con ellas. Cuando finalmente nos
dieron la carta de despido busqué y encontré trabajo en un par de días. Cuando
ya llevaba varios meses trabajando en la nueva empresa, Pedro me llamó un buen
día. Con su risa inconfundible, me dijo que había conseguido una buena
indemnización para mí a través del FOGASA. Al parecer, los interventores le
habían llamado a él entre otros, para liquidar los pagos de FERSA. Me encontré
de repente con un dinero inesperado, que me pareció más del que me correspondía
según el poco tiempo que había estado en la empresa. Nunca sabré qué hilos
movió Pedro, o qué tejemanejes utilizó para conseguir aquello, pero el caso es
que los dos salimos bastante bien parados. La llamada de mi ex compañero llegó
además en un momento bastante triste para mí en la nueva empresa, pero eso,
como siempre, es otra entrada.
Ya he perdido la cuenta de tus cambios de empresa. El CV, en cualquier caso, estaba denso ya en aquella época. Me imagino que acabaste llevándolo en disco externo metido en un maletín con ruedas 😂
ResponderEliminarEstaba denso, si, pero era papel. Todavía no manejaba ordenadores, salvo un Amstrad 128 que hacía un ruido del carajo 😂. Ya llegará la informática, ya llegará...
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