LA CRÓNICA DEL SIN NOMBRE

A mediados de febrero de 1992 comencé a trabajar en una de esas empresas de las que prefiero no recordar ni el nombre. Todavía no imaginábamos lo que iba a ocurrir, pero el 92 iba a ser en teoría el Año del Cometa. La Expo en Sevilla, las olimpiadas en Barcelona... Los fastos del 92 que iban a convertir a España en el centro del mundo. Tiempos convulsos en los que muchas constructoras tradicionales se hundieron en la miseria mientras otras trataban de forrarse aprovechando aquel momento de locura colectiva.

ESPABILADILLO CONSTRUCCIONES (nombre falso, por supuesto. Ya he dicho que prefiero no acordarme del nombre real) era una de las que trataban de forrarse a costa de lo que fuera. estaba regentada por un individuo muy especial, sin escrúpulos, y bastante rácano a la hora de pagar las facturas de las empresas que colaboraban con él. Tenía vínculos familiares (era primo suyo) con uno de los promotores más importantes de Fuenlabrada, que le había contratado un par de promociones en ese municipio. A eso se unían múltiples obras pequeñas en varios hospitales de la Comunidad de Madrid. Que si una reforma en la lavandería del Ramón y Cajal, otra en la sala de rayos x del Gregorio Marañón... La historia de cómo se le adjudicaban esas obras a mí jefe supremo es digna de contar: se solicitaba presupuesto a tres constructoras, y el más barato se la llevaba. Así de simple, y en principio bastante legal, salvo cuando las otras dos constructoras, más caras, eran amiguetes a los que mi jefe les decía lo que tenían que presupuestar, si es que no les hacía directamente el presupuesto. Y así funcionaba el asunto, como estoy seguro que funcionan miles de adjudicaciones de todos los tamaños en esta España nuestra, tan querida por pocos y tan vendida por muchos. Por supuesto, el informante oficial, un individuo con un alto cargo que tenía su despacho en un hospital del centro de Madrid, recibía su gratificación correspondiente. Ese mismo año, cerca de las Navidades, acompañé al jefe, que llevaba un maletín de ejecutivo negro precioso. En la puerta del despacho del gerifalte me dijo "espérame aquí", entró...y a los pocos minutos salió sin el maletín, y con un par de obritas adjudicadas.

Entré en la empresa tras una entrevista de menos de diez minutos. Necesitaban urgentemente un jefe de obra porque habían despedido al anterior de la noche a la mañana, debido a que la criatura (otro espabiladillo, sin duda) se había colocado de taxista, sin decir nada, para sacarse un sobresueldo, y sólo visitaba las obras que le cuadraban en función de los trayectos que le pedían los clientes. Solamente esa situación tan surrealista debería haberme echado para atrás, pero había salido de la experiencia de Fersa con muchas ganas de trabajar, y acepté un puesto que estaba además bastante bien pagado.

La sede de la empresa estaba situada en un piso bastante grande muy cercano al Bernabeu, en una zona en la que resultaba poco menos que imposible aparcar. Yo era el único jefe de obra. La exigua plantilla estaba compuesta por dos administrativos, una secretaría, el jefazo, y la mujer del jefazo, que venía de vez en cuando a no se sabe muy bien qué. Se trataba de una persona de esas que te rayan con su sola presencia, de conversación rápida y gritona, y absolutamente dispersa. Por suerte para mí me retiró la palabra al tercer día, cuando me dijo si no me importaba bajar a comprarle el pan y le dije que sí, que sí que me importaba y que no me habían contratado para eso.

Así pues, era jefe de obra de dos promociones de viviendas adosadas en Fuenlabrada y de varias reformas desperdigadas por algunos hospitales de Madrid. Casualmente, la dirección facultativa de Fuenlabrada era la misma que había conocido en mi etapa de Leganés cuando estaba en Dagón. El aparejador, un gran profesional al que de hecho le hacía mediciones para ganarme un sobresueldo, era íntimo del promotor de Fuenlabrada, y profundo enemigo de su primo, que no era otro que mi jefe. Asistí a un par de comidas de Navidad, por cierto pagadas por mi empresa, en las que al final mi jefe y ese aparejador acababan literalmente a torta limpia, inspirados por un odio mutuo que se esponjaba además por culpa del alcohol ingerido.

El asunto de las mediciones como sobresueldo merece un pequeño inciso. Como ya he comentado, le hacía mediciones a ese aparejador, que a su vez me presentó a varios arquitectos que también empezaron a encargarme trabajos. Las hacía con un programa que se llamaba GO STAR, la prehistoria del PRESTO, en un ordenador Amstrad 464, que no era prehistoria, sino Big Bang de la informática. No recuerdo cómo llegó ese programa a mis manos, pero el caso es que ningún arquitecto de los que me presento Ángel (así se llamaba aquel aparejador) lo tenía. Empecé pues a ganar dinero con un trabajo que se me daba bien y me quitaba poco tiempo. Al final metí en el negocio a mi hermano, que se limitaba a teclear en el Amstrad las líneas de medición que yo le pasaba. El primer dinero que le di lo invirtió en diez o doce compact discs que consiguió en Madrid Rock, la mítica tienda de discos ya desaparecida, a la salida del metro de Gran Vía. Mi hermano recuerda todavía, como una especie de grotesca metáfora del capitalismo salvaje y del dinero fácil, la extraña sensación que tenía al escuchar uno de aquellos CD, compuesto íntegramente por los cantos que emiten las ballenas desde las profundidades del océano.

El proceso de los pagos a los  proveedores en ESPABILADILLO era una auténtica demencia. Cuando entraba la factura se podía tirar perfectamente dos o tres semanas en la mesa de Pedro, un administrativo que hacía las nóminas a mano y con un lapicero de trazo irregular y grueso. A veces me llamaba un proveedor, ya cabreado, cuando su factura ni siquiera me había llegado todavía a mí. Cuando se la reclamaba a Pedro para firmarla, este rebuscaba en el pozo negro que era su mesa, le daba entrada precipitadamente al documento, y me lo entregaba sobre la marcha. El buen hombre se pasaba el día haciendo dibujitos mientras escuchaba la radio. 

Una vez firmada por mí, la factura pasaba a mi jefe, y la mayoría de las veces, ahí acababa para siempre su trayecto. Jamás he conocido a otra persona que tuviera tanta aversión a pagar como aquel sujeto. Cualquier excusa (incluso la de "no le pago porque no me sale de los cojones") era buena para meter la factura en un cajón hasta que se pudriera. El caso más flagrante, que paso a relatar, fue el de LOS COSTA (nombre falso), una familia de carpinteros de madera que tenían el taller en un pueblo cercano a Mejorada del Campo.

La relación con los Costa empezó cuando nos adjudicaron la zona de urgencias de un hospital. Había que fabricar quince puertas especiales de madera, y los únicos que entraban en presupuesto, pero sobre todo en plazo, eran los COSTA. El anciano Costa y sus cinco hijos tenían el taller lindando con un corral en una antigua finca del pueblo. Recuerdo que, al visitar el taller, tuve la misma sensación que había tenido, de muy niño, al visitar el taller en que trabajaba mi padre cuando era joven. El aspecto era el mismo, pero treinta años después. Alfombra de virutas, chorretones de cola por todas partes, y un olor especial e intenso que lo llenaba todo. La entrevista con el dueño del clan fructificó, se cerró el trato y empezaron a trabajar. En el plazo previsto se presentaron en obra los cinco Costa a montar las puertas. Yo sólo conocía al padre, serio y delgado como un torero, y a uno de los hijos, probablemente el más sensato, porque los otros cuatro eran bastante peculiares, como si les faltara un hervor, aunque lo cierto es que montaron las puertas rápidamente.

Cuando llegó la factura, durmió su sueño previo en la mesa de Pedro hasta que se la reclamé. La firmé y se la pasé a mi jefe. Estábamos en Agosto. Más o menos al mes recibí una llamada del jefe del clan, preguntándome por su factura. Aquella primera llamada fue muy educada. Hablé con mi jefe. 

- Ah, sí, los Costa... No me gustan mucho las puertas, no sé si les vamos a pagar.

- Pero eso es muy subjetivo, tendrás que hablar con ellos, decirles algo, pagar una parte.

- Sí, no te preocupes, ya hablo yo con ellos. No te preocupes, son de confianza.

Por supuesto, mi jefe jamás habló con ellos. A lo largo de septiembre, octubre y noviembre hubo una escalada de llamadas por parte de los Costa, cada vez más violentas, que por supuesto querían cobrar su factura. Después vino un paréntesis de silencio.

El día 23 de Diciembre de 1992, víspera de Nochebuena, estábamos todos más o menos eufóricos en la oficina, rodeados de los jamones, los turrones y las botellas que nos habían regalado los similares, cuando llamaron insistentemente a la puerta. Al abrir la secretaria irrumpieron de repente, gritando y visiblemente mamados, los cinco hijos de Costa. Cada uno se dirigió a una zona, ya que solamente estábamos en la oficina los dos administrativos, la secretaria y yo. El que me tocó a mí, que había estado muy amable conmigo en la obra, comenzó a insultarme, a llamarme "aparejador de mierda" y a amenazarme con hacerme algo si no sacaban algo en limpio allí mismo. De vez en cuando se llevaba la mano hacia atrás, y en un movimiento que hizo ante el grito de uno de los hermanos, creí vislumbrar un martillo que llevaba en la cintura. Cuando se fueron, con un talón conformado que les hizo Pedro, nos juntamos los cuatro compañeros, pálidos y con las piernas temblando. Creo que no ha peligrado tanto mi integridad física como en aquella ocasión.

Mi muerte estaba anunciada. Las discusiones con mi jefe eran constantes, hasta que un día tuve que explotar porque no quería pagarle a un escayolista que había hecho un trabajo perfecto. Al día siguiente contrató a otro jefe de obra, con el que estuve solapando dos semanas, y al final de ese plazo me despidió. El día que salí de aquella oficina siniestra, con una mano delante y otra detrás, pero muy tranquilo, fue uno de los más felices de mi vida.


Nota: la imagen que preside esta entrada, y el título, proceden de LAS CRÓNICAS DEL SIN NOMBRE, un magnífico cómic con dibujos de Luís García y guión de Víctor Mora publicado por NUEVA FRONTERA en aquellos lejanos ochenta en los que los kioscos bullían de comics. Pero eso, amigos, es otra historia

 

Comentarios

  1. Genial, Félix, genial. Ya lo estaba echando de menos

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  2. Me había dejado un poco, pero por csusa justificada: reformas en casa. Ya sabes, en casa del herrero... Un abrazo, señor

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  3. Que cosas te pasan!!!!!
    Me ha encantado el relato
    Un abrazo

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    1. Ya lo ves, no me aburría nada. A ver si una tarde quedamos a jugar a los bolos y nos ponemos al día. Abrazo grande!!!

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