BRILLA VERDE EL TIERNO PRAU
Fue un periodo extraño desde mediados de marzo hasta primeros de agosto de aquel extraño año, 1993. Por un lado, aprovechamos la Semana Santa, cuando los padres de ella y los míos se habían ido al pueblo y a la playa respectivamente, para empezar a vivir juntos mi pareja y yo. Lo hicimos así para que no resultara tan traumático para las dos familias. Por otro lado, después de la nefasta experiencia en la empresa innombrable, se me metió en la cabeza probar suerte en la administración, y me puse a estudiar como si no hubiera un mañana unas oposiciones para la Comunidad de Madrid. Bonilla me prestó el temario en el Colegio de Aparejadores (una pila de folios de más de un metro de altura) para que lo fotocopiara, y me puse a ello. No me fue bien, el nuevo estado en convivencia, con la logística que eso conlleva, unido a la pereza, provocaron que no pasara del segundo examen (del segundo, ojo, no lo hice tan mal...).
Tras el batacazo me puse a buscar trabajo. Hice varios
intentos, y por fin se interesaron por mí en PROMOCIONES PRAU, una promotora
familiar con la sede en una pequeña oficina de la calle Lanuza. Me llamaron
varias veces, junto a varios candidatos. Hice dos o tres entrevistas, o incluso
más, y en la última llegaron a preguntarme incluso si fumaba. Por suerte lo
había dejado un par de años antes.
Me ficharon para una promoción de viviendas al final
de la calle Sepúlveda, pegada al campamento gitano de La Mina. La empresa
estaba compuesta por el director, un hombre importante con varios cargos
institucionales, su mujer, que llevaba a su manera los acabados y la decoración
de las viviendas, y el hermano de la mujer, aparejador más joven que yo y mi
jefe directo.
Como anécdota más destacable de aquel periodo podría
destacar cuando el encargado, José María, un veterano mayor que yo y muy
profesional, me ayudó a marcar el vaciado de la promoción. No tenía ningún
misterio, porque se trataba de una parcela rectangular de unos cien metros de
largo por cuarenta de ancho que ya había enmarcado el ayuntamiento construyendo
las aceras. Lo único que tuvimos que hacer fue clavar un tocho de hierro
corrugado en cada esquina y medir de tocho a tocho. Para esa operación vino mi
jefe directo, el cuñado del director. Medimos con cinta metálica (¿contratar un
topógrafo? ¿en aquella época? impensable. Todo se replanteaba a base de
cuerdas, estacas y cinta, a veces incluso de plástico). En el lado largo, como
ya he mencionado de unos cien metros, a mi jefe le faltaba un centímetro. !Un
centímetro!. El que no esté muy familiarizado con el sistema métrico decimal,
que haga un experimento: junte las puntas de los dedos índice y pulgar (de la
mano derecha o de la izquierda, es lo mismo). Sepárelos ligeramente como para
quepa entre ellos un espárrago triguero, ni muy fino ni muy gordo. Ese espacio
que queda entre los dedos, ESA MINUCIA, es un centímetro. Cuando mi jefe nos
dijo que teníamos que encontrar ese centímetro que faltaba, José María y yo nos
miramos, pensando que estaba de cachondeo. Pero no, no lo estaba. Volvimos a
medir, volvía a faltar, y estuvimos haciéndolo todo el día. El jefe se fue con
el compromiso de seguir buscando el centímetro al día siguiente, lo que nos
sumió al encargado y a mí en un estado de ansiedad considerable. Por suerte, a
mi compañero se le ocurrió la feliz idea de meter la cinta en el frigorífico
durante la noche, con lo que la cinta se contrajo y al día siguiente no sólo no
faltaba un centímetro, sino que sobraban tres, para gran alegría de mi jefe.
Durante mucho tiempo bromeábamos José María y yo con aquel centímetro perdido.
Otro episodio curioso fue la contratación de la
vigilancia de la obra. Aquella, La Mina, era una zona bastante peligrosa. Era
bastante habitual ver en las calles que rodeaban la promoción algún coche
aparcado con dos personas dentro inyectándose heroína. En otras obras cercanas
(en concreto una de PRYCONSA) se habían producido varios robos hasta que, según
me dijo el jefe de obra, habían contratado a Don José.
Don José no era de Securitas, ni de Prosegur, ni de
ninguna empresa de esas. Don José era el patriarca del poblado gitano de La
Mina. Como no tenía teléfono, ni ningún otro medio de contacto, para hacerle la
"entrevista" (o para que él me la hiciera a mí, más bien) no me quedó
más remedio que internarme una tarde en el poblado, sólo, y preguntar por él.
Creo que no me han temblado las piernas tanto como en aquella ocasión. Los
chavales del poblado, y otros que no eran tan chavales, me observaban como a un
pastelito listo para ser devorado. Cuando apareció Don José, al temblor de
piernas se unió un repentino sudor, provocado por su aspecto. En pleno verano,
Don José me llevaba una chaqueta de pana negra gruesa, que brillaba como si
tuviera grasa, pantalones también de pana de color caramelo, y sombrero negro.
Era de poca estatura, pero su mirada imponía mucho, porque te atravesaba.
Enseguida me invitó a tomar un café de puchero en "su chozo"
(uno de los mejores cafés que he tomado), y nos pusimos de acuerdo rápidamente
para la vigilancia. Ni que decir tiene que ni Don José ni nadie de su clan
vigilaba la obra. El hombre sólo la pisaba una vez cada mes para cobrar,
siempre en metálico, pero jamás tuvimos un problema, eso hay que decirlo.
Otra circunstancia curiosa se producía cuando la
empresa tenía que comunicarse conmigo por algo especial fuera del horario de
trabajo. Eran conservadores (muy conservadores), religiosos (muy
religiosos), y en la entrevista inicial, no recuerdo por qué, les dije que
no estaba casado y que vivía con mis padres, cuando en realidad vivía con mi
novia. El caso es que, cuando querían localizarme, llamaban a mi madre, ella
les decía que yo había salido un momento, después me llamaba a mí, y yo les
llamaba a ellos. Eran otros tiempos, no había móviles, ni manera de comprobar
el número desde el que llamaba yo. Todo eso acabó cuando finalmente Pilar y yo
decidimos casarnos en Pradillo. A ellos, que querían asistir a la ceremonia,
les dije que nos casábamos en la Iglesia del pueblo de mi suegra, a más de cien
kilómetros de Madrid, y que iba a ser una ceremonia muy corta.
Por último, podría hablar de la desidia a la hora de
tomar decisiones de la mujer del director, la hermana de mi jefe. Concha
(nombre falso) era incapaz de determinar una solución de obra sin darle mil
vueltas. Recuerdo perfectamente el encuentro con los escayolistas en una de las
cocinas de la promoción. Concha no había decidido si colocar una faja de escayola
sobre los muebles altos, o dejar el hueco. Mi jefe estaba allí sin saber qué
hacer, y el escayolista se cruzó de brazos. “Tengo a diez tíos aquí, y no puedo
trabajar. Espero que me paguéis las horas”. Entonces los ojos se le abrieron como
platos al jefe, empezó a chorrear como
jamás he vuelto a ver sudar así a nadie, y salió despavorido para llamar a su
hermana desde un bar. Aún así, la decisión no se tomó hasta tres días más
tarde, y el escayolista nos cobró religiosamente las horas perdidas.
La de Prau fue una etapa tranquila. La promoción de
viviendas transcurría muy bien, era un bloque de viviendas sin complicaciones,
con una DF muy tolerante y resolutiva. Al año de estar ahí nació nuestro hijo,
en septiembre de 1994, y al año siguiente, cuando ya se estaba terminando la
promoción y supuse (erróneamente, como más tarde, cuando ya no había marcha
atrás, me dijo el director) que no había continuidad para mí, empecé a buscarme
la vida, probablemente un poco más agobiado que otras veces a causa del
nacimiento de nuestro hijo. Los de Level me echaron el lazo, después de un par
de entrevistas, y me hicieron una oferta que no pude rechazar.

Sigue gustándome mucho esta serie. Será porque la he vivido de forma muy parecida, y no creo que haya mucha gente del sector que no se sienta completamente identificado con estas historias. Me gusta ver que solo vas por los noventa 😁
ResponderEliminarOtros dirán "qué lentitud, qué pesadez, vaya un culo de mal asiento...", y la verdad es que ha sido así, es la vida laboral de un mercenario, qué se le va a hacer. Si lo sigo haciendo es porque hay personas como tú que lo valoran y les divierte, y porque de paso me divierte a mí recordándolo. Muchas gracias por tu comentario, querido amigo.
EliminarYo tampoco me pierdo una, se me hacen cortas. Ánimo y un abrazo fuerte. Dónde está (o estaba) el barrio de La Mina en Madrid?
ResponderEliminarHola Javier!! Muchas gracias por el comentario. Pues verás, la promoción estaba al final de la calle Sepúlveda, y pegado a ella estaba el poblado gitano de la Mina. He estado mirando el Maps y supongo que sería lo que hoy es un parque cerca de la calle Berlanas. Por esa zona más o menos
EliminarBuá! Me encanta revisitar las escenas de los crímenes (aunque sean de otros, y aunque sea de manera virtual). No podía dejar de investigar ese poblado de La Mina. Resulta que estaba en el actual Parque de la Cuña Verde de Latina. La zona entorno al cerro de la Mica (su nombre oficial, aunque popularmente también se llamó de la Mina) que trae su nombre de unas antiguas canteras de extracción de ese mineral. Sobre una serie de búnkeres de la guerra incivil que aún se pueden ver, se hizo ese asentamiento gitano que tú llamás La Mina y los registros llaman de La Mica. En el 91 empezaron a desalojar la zona, cuando empezasteis a llegar los constructores del barrio, por lo que los "empresarios" de la zona ampliaron el negocio y compatibilizaron la droga con la "seguridad". No necesitaban ni poner los carteles del carro. Tu obra quedaba marcada al amparo de los mejores agentes de seguridad.
Eliminarhttps://maps.app.goo.gl/TL582tuczpCbuUZG6
Es cierto lo que dices, y de hecho es posible que los de la Mina (o la Mica, su nombre oficial que no conocía) crearán escuela, porque a partir de ahí, casi todas las obras en que participé, en otras zonas de Madrid, en Murcia o en Santiago (ya irán apareciendo) estuvieron guardadas por un gitano al que no le hacía falta aparecer. El sistema era casi siempre seguro hasta que entraba el cobre en obra. En ese momento, había que complementar al gitano con un vigilante que controlara al gitano. Muchas gracias por tu aportación, me encanta!!
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