LOS BICICLETAS SON PARA EL VERANO
Los de Level enviaban todas las navidades una felicitación preciosa a los aparejadores, con algún detalle constructivo primorosamente dibujado en papel pergamino. Entre los jefes de obra se hablaba de ellos con respeto y admiración, se les consideraba una empresa puntera del sector en Madrid. Estando en Prau contactó conmigo el señor Guitián, una persona muy bien trajeada, simpática, afable, bastante veterano, que realizaba parte de las labores comerciales de la empresa. Acudí a su despacho, bastante grande y decorado con un estilo clásico más tirando a castellano que a moderno, en la sede que la constructora tenía cerca de Reina Victoria. Su carácter amable, su don de gentes, su cosmopolitismo, además de la interesante oferta que me hizo, me convencieron para dar el salto. Se trataba de Level, nada menos, cualquiera que trabajara en la construcción por aquella época conocía esa empresa.
Me contrataron para una enorme promoción de viviendas
en lo que se estaba pariendo con el rimbombante nombre de LORANCA, CIUDAD
JARDÍN, en una carretera perdida entre Móstoles y Fuenlabrada. A Level le había
adjudicado una cooperativa afín la construcción de tres bloques de cien
viviendas cada uno, y tres torres, una frente a cada bloque, de cuarenta y
siete viviendas cada una. Se habían contratado tres jefes de obra para la
promoción, que nos hicimos amigos rápidamente ante la adversidad. Julián, uno de
ellos, procedente de Algemesí, apareció un día con un plano de Madrid que le
habían prestado, y nos preguntó a Javier, el otro jefe de obra, y a mi, para
orientarse en la ciudad. Al ver el plano, me salió del alma una frase que
Julián se grabó en la memoria para siempre: "Creo que un tal Texeira
dibujó un plano de Madrid más actualizado que este".
Lo de que nos hicimos "amigos ante la
adversidad", que he dejado caer más arriba sin entrar en materia,
tiene su explicación. En efecto, si bien la fachada de Level era impresionante,
barroca y plagada de oropel, una vez traspasada, el interior era otra cosa. Los
jefes de obra, la mayoría aparejadores, trabajábamos de una manera que jamás
habíamos visto anteriormente.
En primer lugar, era curiosa la forma de hacer la
estructura del edificio. Había "ferrallas" en obra, y el hierro se
traía en rama y se elaboraba y montaba in situ, algo bastante habitual en otros
lugares, pero con la diferencia, enorme y peculiar, de que en LEVEL las
planillas para la ferralla... !las hacía el jefe de obra!! Como lo oís. Viga a
viga, zuncho a zuncho, estribo a estribo, éramos nosotros, Javier, Julián y yo,
quienes rellenábamos unos impresos normalizados a partir de los cálculos que
nos daba una empresa de estructuras, y se los dábamos al ferralla. A veces
sueño todavía con el jefe de los ferrallas, un individuo que me recordaba mucho
al asesino de "Fargo", que se presentaba en mi caseta casi
siempre gritando y reclamando las planillas de la siguiente planta. Por si
fuera poco, era la primera vez que me enfrentaba a un forjado reticular de
bañeras recuperables, así que los que sabéis más o menos de qué va, entenderéis
esto: "los nervios me ponían de los nervios".
A la pesadilla de las planillas, que a mí, sobre todo
al principio, me robaba muchísimo tiempo (recuerdo varias tardes tristes de
domingo haciendo planillas), había que sumar otras varias características
bastante peculiares. Una de ellas era la del mercado de los miércoles. Level
tenía todas sus compras centralizadas. Hierro, cemento, ladrillo, azulejos,
mano de obra, contratas de electricidad, fontanería...Todo, absolutamente,
venía de central. Y los miércoles era el día de mercado. Los jefes de obra
teníamos que ir a la central, a pedir lo que necesitáramos para la semana
siguiente. En central nos esperaban tres individuos, cada uno en su mesa, que
eran los encargados de las compras, cada uno con varios paquetes específicos, y
los jefes de obra hacíamos cola (literal) para darles la lista de la compra.
Tratar con esos individuos era muy complicado, porque tenían una tendencia muy
marcada a no creerse las cantidades que les solicitabas, y siempre tiraban a la
baja. Si les pedías dos camiones de ladrillo visto, por decir algo, te mandaban
uno. Se producían situaciones grotescas, como el hecho de que consiguieras que
el pistola (a los empresarios que proporcionaban personal de obra se les
llamaba así, pistolas) te enviara más gente, y que no pudieran hacer nada
porque habías pedido ladrillo contando con menos personal. No se podían
modificar los pedidos, tenías que esperar al mercado de la semana siguiente, lo
que a los jefes de obra nos parecía algo demencial.
También podía ocurrir que te enviaran alguna contrata
mal vista en el sector. A mí por ejemplo me enviaron a unos albañiles bastante
chapuceros y muy violentos a la hora de negociar. Tuve varios
encontronazos con ellos porque eran incapaces de levantar un paramento de
ladrillo visto en condiciones, y el arquitecto de la promoción se pasó casi
toda la obra echando abajo paredes. Para que os hagáis una idea, esta empresa
tenía una cuadrilla de tabiqueros a los que apodaban "los bicicletas",
por lo rápido que levantaban un tabique. Eran tan rápidos, que en una
ocasión, estando en obra con el encargado, escuchamos gritos de tres personas,
procedentes de un extremo del bloque. Cuando fuimos a la zona de donde venían
las voces, no vimos a nadie. Eran "los bicicletas". Habían
tabicado un salón tan rápido, que se habían comido la puerta, ni más ni menos,
y se quedaron atrapados dentro. También tuvimos un grupo de yeseros que tendían
el yeso proyectado en paredes y techo con zancos, y era un espectáculo verles
trabajar, con una coreografía perfecta teñida de blanco, aunque después el yeso
proyectado no quedaba bien, demasiado quebradizo comparado con el tendido de
yeso tradicional.
Además del mercado y las planillas, Level tenía un
individuo que provocaba pesadillas entre nosotros. Me explico: el jefe de obra
tenía que medirse la obra en su totalidad. Las mediciones de proyecto se
obviaban. Se medía la obra en plano, para contratarla, y una vez ejecutada para
obtener medidas reales. Por sistema, o por alguna razón que se nos escapaba,
Level no se fiaba de las mediciones del jefe de obra, y de vez en cuando
enviaba a un individuo que se medía la obra completamente (que te hacía la paralela,
vaya). Era un tipo mal encarado, de voz profunda y categórica, curtido en mil
batallas y con toda la confianza del jefazo supremo, porque había empezado con
él. Le encantaba recrearse en el miedo que provocaba en el jefe de obra cuando
se cruzaba contigo en la obra midiendo el yeso, por ejemplo, porque sabías que se
acercaba el momento de que te llamara a su cubículo en la central para comparar
sus mediciones con las tuyas, en una especie de interrogatorio de la KGB que se
podía prolongar hasta altas horas de la noche. Recuerdo cuando en una ocasión
nos dijo Javier a Julián y a mí, completamente blanco, que se había
cruzado con Casero. "Estaba midiendo el ancho y el alto de los enchufes
para descontarlos de la medición de yeso, el tío psicópata...".
El suceso más pintoresco de la obra se produjo un buen
día a media mañana. Uno de los gruistas se encontró de repente con que la grúa
no funcionaba. Al ir a la zona donde estaban los cuadros eléctricos, para ver
si había saltado un automático, se encontró con un individuo vestido con
chándal, que llevaba una carretilla, un arco de sierra en una mano, y un trozo
de cable de cobre, muy grueso y más o menos de un metro de largo, en la otra.
Cuando el gruísta le preguntó qué estaba haciendo, el otro le contestó que era
de la Compañía. "Espere un momento, por favor", le dijo el
gruísta, y nos avisó. Todavía hoy recuerdo la imagen del tipo con un trozo de
cable que había cortado de la acometida no sólo de nuestra obra, sino de todo
el polígono. Había dejado sin luz a toda Loranca. Llamamos a la policía, y se llevaron
al individuo, que estaba tan tranquilo. Ignoro que ocurrió con él y con su
trozo de cable, pero nosotros estuvimos tres días esperando a que la compañía
se dignara a hacer el empalme reparador.
Cuando ya faltaba poco para terminar la promoción me
empezó a entrar el nerviosismo, porque no veía continuidad (ese creo que ha
sido el miedo más endémico de toda mi trayectoria laboral), y porque los
encontronazos con el jefe de grupo, un hombre sanguíneo y ultranervioso,
empezaban a ser continuos. Lancé el anzuelo, y me hicieron una entrevista en
Ginés y Navarro para una promoción de viviendas en Guadalajara. Sin que esta
entrevista cuajara cien por cien, una bronca monumental con el jefe de grupo
desembocó en que me despidieran de Level de la noche a la mañana. Con el
corazón a punto de explotarme, llamé a Ginés y Navarro y me dijeron que sí, que
empezaba con ellos a la semana siguiente. Había tenido suerte.
El funcionamiento de Level era muy peculiar, en
ocasiones grotesco, pero aprendí muchísimo ahí de los buenos profesionales que
había, y de la forma de gestionar una gran obra. Había empezado a manejar un
ordenador (comprado por mí. Un Mitac con pantalla de fósforo verde que conservo
como un fósil), utilicé un sistema de planificación innovador y eficaz... Level
me había devuelto a los tiempos de Fersa, en lo que se refiere a calidad
constructiva y seriedad. Me dolió que me echaran, y puede que eso me
entristeciera y me condicionara a la hora de empezar en la nueva empresa. Pero
eso, en todo caso, es otra historia.

Interesante etapa, Félix. Deseando leer la de Ginés y Navarro
ResponderEliminar