VALGREEN CITY, CIUDAD SIN LEY
Me vais a permitir lo de "Ciudad sin ley" como pequeña licencia cinematográfica irreal, porque cuando empecé en Ginés y Navarro, CIUDAD VALGREEN todavía no existía, ni con ley ni sin ella. Villanueva de la Torre era entonces un pueblo minúsculo, a poco más de tres kilómetros de Azuqueca de Henares, y unido a este por una escuálida y mal asfaltada carretera comarcal. La base de operaciones de hecho estaba en Azuqueca. Ahí me hicieron un par de entrevistas y finalmente me contrataron como jefe de producción.
Se produjo por
primera vez en mi carrera la disyuntiva entre cola de león y cabeza de ratón.
En LEVEL había ejercido de jefe de obra, pero ganaba menos que en GINÉS Y
NAVARRO como jefe de producción y también trabajaba más. Aprendí entonces la
leve diferencia entre uno y otro cargo, que sólo existía de forma más clara si
se trataba de la misma empresa. Un jefe de obra de LEVEL actuaba más como jefe
de producción (de hecho en LEVEL no existía esa figura), que un jefe de
producción de GINÉS Y NAVARRO.
En Azuqueca me presentaron a Julián (nombre ficticio), el jefe de obra,
gran profesional y mejor persona, que me acompañaría durante muchos años a lo
largo de mi vida laboral abriéndome muchas puertas. Me explicaron el
funcionamiento de los walkies, al parecer imprescindibles, y sin más cogimos el
coche para visitar la promoción.
En aquel momento todavía no había nada, salvo una
caseta de obra pequeña, pero muy bien acondicionada, con dos despachos, uno
para el jefe de obra y otro para el encargado. Cuando me presentaron a Balbino
(nombre real), no pude imaginar que estaba conociendo al mejor encargado con el
que me he cruzado en mi vida. Acompañados de Balbino, en el coche de Julián,
recorrimos la zona, urbanizada en crudo, con las parcelas marcadas pero sin
asfaltar, sin bordillos y sin conducciones de ningún tipo, ni cuadros de luz o
de agua. No me lo podía creer. Cuatrocientas cincuenta y nueve viviendas
unifamiliares en una superficie casi tan grande como la de Azuqueca, y siete u
ocho veces más grande que la de Villanueva, el pueblo al que pertenecía la
promoción. Allí no había nada, ni siquiera saneamiento. Lo primero que había
hecho Balbino era un pozo negro, a una distancia prudencial de la caseta, para
poder permanecer en ella. El agua se llevaba en cisternas que alimentaban un
depósito. Era la primera vez que empezaba de cero no sólo la obra, sino el
lugar en que esta se levantaba.
Allí me presentaron también a la dirección facultativa
y a la propiedad. Ángel, el aparejador de la DF (no puedo recordar al
arquitecto, que aparecía bastante poco por allí) era bastante más joven que
Julián y yo, y muy voluntarioso, pero con poca experiencia. Cuando ejercía de
DF se podía trabajar muy bien con él, resolvía dudas con el arquitecto, nos
permitía algunas concesiones y pequeños cambios... Pero cuando le salía la vena
de sobrino del jefazo, no había quien le aguantara. Su tío, el amo de todo esto
(le llamaré Juan, no recuerdo el nombre real), dueño y señor feudal de su
condado, era un individuo cercano a la vejez, bastante voluminoso, cordial y
campechano a primera vista, duro y terrible cuando alguien le contradecía o
cuando Ángel le informaba de un sobrecoste inesperado. Siempre aparecía en obra
a bombo y platillo, con una corte de esbirros a su alrededor, todos trajeados
menos él. Cuando le veía venir a lo lejos me imaginaba siempre el sonido de
trompetas y fanfarrias que precedían la llegada de Enrique VIII, al cual se
parecía bastante en lo físico.
La intendencia y la logística eran algo tanto o más
complicado que la propia obra. Cuando ya estaban construidas las bases de
hormigón de las primeras pastillas de chalets (rectángulos de 100 por 10 metros
con forjado sanitario y red de saneamiento), empezó a aumentar el personal,
tanto de las contratas (ferrallas, encofradores, poceros...) como el nuestro.
Se hizo necesario montar un campamento de casetas. Recuerdo con especial cariño
la llegada de "La caracola", una enorme caseta de obra con varios
despachos y un par de baños, cuyo tamaño, bastante más ancho que el de una
caseta tradicional, obligó a contratar un transporte especial para traerla
desde Santander, porque se trataba de una sola pieza que Ginés Navarro movía de
obra en obra. Curiosamente, el tramo más complicado desde Santander a
Villanueva de la Torre, según el conductor de la góndola que la transportaba,
fue la estrecha carretera desde Azuqueca. Mientras la colocaban en su posición
definitiva, un individuo pequeño y muy nervioso dirigía la operación con un
walkie. La góndola había sido precedida y escoltada durante todo el viaje por
dos furgonetas con luminosos y señales de peligro por todas partes, y según nos
contó el individuo del walkie, habían estudiado al milímetro la ruta hasta
aquí, carretera a carretera, para evitar curvas por las que no hubiera podido
circular el gigantesco vehículo.
Otra de las necesidades más perentorias fue la de
establecer un local para que el personal comiera. La gente, incluidos nosotros,
estábamos un poco hartos ya de bajar a comer a Azuqueca, donde los restaurantes
estaban ya saturados a causa de las obras que se estaban haciendo en la zona, o
de llevarnos comida de casa. A la propiedad, o seguramente más bien a alguno de
los esbirros de don Juan, se le ocurrió la feliz idea de colocar una carpa
enorme, de color blanco, a la entrada del complejo. El día de la inauguración,
con barra libre gratis, acudimos todos como moscas a la miel. Al entrar allí
tuve la sensación de estar en alguna fiesta de la cerveza de Múnich. Un
cuadrado enorme, con mesas de madera con bancos a los lados, como las que se
colocan en las zonas de picnic, y una barra de unos diez metros de largo al
fondo, conformaban el recinto. Sobre la barra había vitrinas con platos de
comida. Callos, patatas bravas, tortilla de patatas... Y la joya de la corona,
un enorme pulpo entero, espatarrado y se supone que cocido, en una fuente de barro.
Aquel día fue una fiesta. Todo el mundo comía y bebía a discreción, en la barra
y en las mesas, todos mezclados, incluso la propiedad al completo, en buena
hermandad. Sólo faltaba la banda de música. Después de la fiesta nos fuimos a
casa directamente a casa, aunque muchos se quedaron al parecer hasta las doce
de la noche. Al día siguiente fuimos el equipo de obra a tomar café por la
mañana, y después a comer. Creo que pocas veces he comido tan mal. Lentejas
duras y un filete tan aceitoso que el cuchillo resbalaba. El sabor del aceite
era extraño, como a jabón. Desde nuestra mesa escuchábamos los murmullos de las
mesas donde comían grupos de obreros. Decidimos no ir a comer, sino sólo al
café de después, que nos tomábamos en la barra al lado del pulpo, que seguía
allí. A medida que pasaban los días, bajaban los clientes, y al pulpo empezó a
salirle una especie de pelusilla (juro que es cierto) que provocaba todo tipo
de chistes y comentarios por nuestra parte. Un buen día, que notamos en el café
otro sabor raro, como de agua de cocer pescado, decidimos asqueados no volver
más. Nos despedimos del pulpo, que para entonces ya lucía en su superficie
pequeños microsistemas de pelos y hongos verdes, y no volvimos jamás a la
carpa, que acabó cerrando poco después. Lo que podía haber sido el negocio de
sus vidas (el personal de obra es el público más fiel del mundo a poco que el
local se esfuerce un mínimo en dar un buen servicio) acabó en tragedia por la
desidia de quienes lo gestionaban.
A mitad de obra se produjo una circunstancia crucial
para el futuro: ACS absorbió a GINÉS NAVARRO (muchos, sobre todo los de GINÉS,
hablaron de fusión, pero no, se trataba de una absorción pura y dura). De la
noche a la mañana se cambiaron mandos, sobre todo en central, hubo bajas por
duplicidad de competencias, movimientos extraños, y sobre todo, lo más
inquietante: un buen día llamaron al jefe de grupo y al jefe de obra a central.
Lo que para GINÉS NAVARRO era una obra con beneficio, para ACS se convirtió, de
la noche a la mañana, debido a los gastos y costes de central, en una obra
ruinosa. Se provocó una crisis más terrible que la de los misiles de Cuba.
Algún pez gordo de ACS insinuó la idea de abandonar una obra que ya estaba a
más del cincuenta por ciento de ejecución. En ese contexto surgió la necesidad
de medir al milímetro cada una de las viviendas, y fue cuando entró Javier
(nombre real) como jefe de compras. Javier, con quién compartiría después
muchos años de vida laboral, fue el que pronunció la famosa frase “la
construcción es el paso previo a la delincuencia”. Cuando todos los
técnicos estábamos inmersos en las mediciones, ACS llegó a un acuerdo con la
propiedad y se decidió proseguir con la promoción, lo que provocó en nosotros
una relajación inmediata en lo de medir. Tanto nos relajamos, que un buen día,
un par de meses más tarde, se presentó el delegado de zona, totalmente
cabreado, reclamándonos ese trabajo. Cuando el jefe de obra le dijo que era muy
complicada la medición, que había tipos de chalets diferentes, y otras excusas
baratas (hasta yo me sonrojaba cuando las escuchaba), el delegado soltó una
frase mítica sobre aquella medición, que se quedó grabada para siempre en
nuestro adn: "Joder, ni que fuera el Gugenheim...". Años
después, cada vez que nos encontrábamos Julián, Javier y yo, recordábamos
aquella frase con una mezcla muy curiosa de nostalgia y vergüenza.
La fusión con ACS provocó varios terremotos. Uno de
ellos fue la incorporación de un individuo muy peculiar, bastante bipolar, que
se situaba entre el jefe de grupo y el jefe de obra. Este tipo (llamémosle
Destroyer), sin tener ni puta idea de la gestión de la obra, se dedicó
sistemáticamente a tocarle las narices a todo el mundo, tanto a las contratas
como a su propio equipo. Con él resultó habitual quedarnos hasta las tantas de
la madrugada haciendo un cierre o revisando facturas. Con la primera fase ya casi
terminada, un montón de viviendas entregadas y una segunda fase ya adjudicada,
su trato con las contratas consistía en hacerles una quita, un mordisco de la
liquidación que en algunos casos podía llegar al veinte por ciento o más.
Recuerdo todavía con pavor la reunión con la empresa de alicatadores. Cuando mi
jefe les dijo "me tenéis que hacer una rebaja del veinte por ciento",
el director de la empresa, un hombre hasta ese momento amable y elegante, le
contestó, sin apenas levantar la voz "pues te voy a tener que matar".
Y así con todos.
Fue un período muy tenso, que provocó la huida
inmediata de Julián, el jefe de obra. Poco tiempo después, durante ese punto de
inflexión que se produjo entre la finalización de la primera fase y el comienzo
de la segunda, Julián nos llamó desde GERENS HILL a Javier y a mí. Hicimos una
entrevista, y nos ofrecieron más dinero del que nos habían ofrecido jamás.
Cuando la delegada territorial intentó retenerme y le dije lo que iba a ganar,
me comentó que ACS no podría llegar jamás a esa cifra. Comenzó entonces la trayectoria
más larga en una sola empresa, y probablemente la más importante, pero eso,
queridas y queridos, es otra entrada.

Vaya, Félix, pues hemos llegado al lugar común…. Probablemente, y lo digo 26 años después de mi llegada, el periodo más influyente en mis, hasta ahora, 38 años de profesión. Allí nos conocimos. A ver qué cuentas!!
ResponderEliminarVan a ser varios capítulos, Roberto, no me queda otra. Resumir toda la etapa Gerens en una sola entrada hubiera sido misión imposible. En mi caso también ha sido la parte más interesante, trascendental y humana de toda mi vida profesional, así que habrá que portarse más o menos bien. Gracias por comentar!!
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