GALICIA CANÍBAL. FAI UN SOL DE CARALLO (GERENS 1)

Como ya os conté en la entrada anterior, el jefe de obra de ACS se fue a GERENS y tiró del jefe de compras y de mí. El sueldo era imbatible, imposible rechazar la oferta. Lo único malo es que se trataba de una obra en Santiago de Compostela, y yo jamás había trabajado fuera de Madrid. Además, las expectativas no podían ser más siniestras. Manolo, un compañero malagueño de ACS que al parecer había trabajado en Galicia bastantes años atrás, me contó una película que convertía a la serie FARIÑA en un programa infantil. Drogas, corrupción, asesinatos, extorsiones a los que íbamos con matrícula de Madrid... Hasta la Santa Compaña aparecía en sus relatos. Para más inri, el día que firmé el contrato en la oficina de Gerens en Madrid, Mercedes, la compañera que estaba de avanzadilla en Santiago, me dijo unas palabras que jamás olvidaré: "que sepassss (sí, no es un error. Mercedes hablaba así) que te metes en el barrio de las putasss y los drogadictosss de Santiago". Eso fue el viernes. El lunes siguiente tenía que volar a Santiago. Ese fin de semana no dormí. Le daba vueltas a lo que me habían contado Manolo y Mercedes, y pensé muy seriamente en renunciar, pero al final, no sé muy bien por qué (bueno, sí lo sé: por la pasta), me lie la manta a la cabeza y cogí ese avión el lunes.

Mi inmediato superior, Ernesto, me presentó al arquitecto y al aparejador, dos instituciones en Santiago, visitamos la obra, me dio unas cuantas pautas, y por la tarde cogió el avión de vuelta a Madrid. Me había soltado en paracaídas en Galicia, vaya. Yo me alojé por mi cuenta en un hotel de la Plaza de Galicia hasta que encontrara un piso para alquilar. Con las dietas que me pagaban además del sueldo me podía permitir el lujo de vivir bastante tiempo en un hotel.

Al día siguiente fui a la obra. Era la primera vez que lo hacía a pie. Llegué a la plaza del Obradoiro a través de la rúa do Franco, y bajé por la rúa das Hortas, que se llamaba así porque realmente había huertas. Lo acojonado que iba no me dejó fijarme ese primer día en la belleza de la ruta. Al llegar a la confluencia con la rúa das Oblatas, me crucé con una mujer bastante gruesa, bastante mayor, con pelo negro y muy abundante, que me saludó con una sonrisa. Después de unos días me enteré de que esa mujer amable era la puta. Al llegar a la obra, el convento que las monjas oblatas habían vendido para hacer el hotel, salió del interior un individuo alto, delgado, con barba de intelectual, con ropa vieja pero elegante, que andaba con porte aristocrático y que me saludó con un "Buenos días" muy educado. Ese era el drogadicto. Manolo y Mercedes me habían vendido una calentura de cabeza que la realidad disipó de un manotazo. Yo estaba convencido que me iba a meter en la Celsa, con sus sirenas de policía, sus camellos, sus heroinómanos, y me encontré con un paisaje idílico. El segundo día ya estaba encantado bajando por la rúa das Hortas desde el Obradoiro.

Me habían contratado con cierta urgencia porque se hacía necesario abordar unos trabajos previos de demolición para los que que alguien, no sé muy bien con qué criterio, había previsto una duración de seis meses. El primer día me presentaron a la empresa de demoliciones, consistente en tres operarios, una retroexcavadora, y lo que ellos llamaban un "chimpin", que no era otra cosa que un dúmper. Yo aterricé sin nada. Ni caseta de obra, ni aseo, ni nada de nada. Tardé más en organizarme yo que en terminar la demolición, que en una semana estuvo lista. Justo el día que se iban los demoledores, me trajeron la caseta, los muebles, las sillas, el ordenador y hasta la línea de teléfono. Cuando se fue el de telefónica, me quedé sólo en la obra. Lo único que se escuchaba era el canto de los pájaros.

Lo de "Fai un sol de carallo" del título tiene su fundamento, además de ser una de mis canciones preferidas de Os Resentidos. Aquel verano del 99, año Jacobeo además, hizo un calor que los gallegos no habían vivido jamás. Llegué en junio, y en Julio disfruté de Santiago a tope. La obra, después de la demolición, estuvo parada seis meses, probablemente los seis meses más tranquilos de mi vida. De vez en cuando les pedía algún dato al arquitecto y al aparejador, que no tenían nada claro, o no querían tenerlo, el papel del project manager. Algo que a mí, sinceramente, también me costaba asimilar. Me resultaba extraño darle órdenes a una figura (la de un arquitecto además bastante arrogante además, que cuando se cabreaba hablaba en gallego), que hasta ese momento me las había dado a mí. 

Durante los dos primeros meses, con la obra parada, estuve ocupado pidiendo presupuestos a empresas de la zona. Pilar y Sergio vinieron a pasar el verano conmigo, y pasamos unas semanas fantásticas recorriendo Galicia.

Los cuatro siguientes fueron surrealistas. Ya tenía todos los presupuestos necesarios, y se me acabó el trabajo. Mi familia ya había vuelto a Madrid, y me quedé sólo en la caseta de obra. Había días que no veía un solo ser humano, y de hecho me alegraba la vida el saludo que me daba de vez en cuando el drogadicto. Me pasaba el tiempo enviando correos a mi hermano y a una amiga de toda la vida, del tipo "hoy el caracol Torete le ha ganado la carrera a Gustavito", o "la hierbabuena del árbol grande ha crecido cinco centímetros en dos días ". Probablemente algún día saque a la luz esos correos, que conservo en papel y que constituyen un monumental homenaje al aburrimiento. Me asomaba al río Sarela, pegado a la obra, a ver las truchas. Atravesaba cada día el Parque de la Alameda desde el piso que había alquilado, y me quedaba un rato contemplando la catedral, justo tal y como se ve en la imagen que preside esta entrada. Por la tarde al salir me iba a la catedral... Fue una época de completa meditación, por primera vez tenía una calidad de vida de verdad, serena y tranquila. Casi me daba pereza coger el coche cada quince días para volver a Madrid. Y la obra no empezaba.

Justo antes de Navidades se dio el pistoletazo de salida: los trabajos comenzarían el 8 de Enero del 2000. Yo ya tenía contratados todos los trabajos previos, así que me tomé, también por primera vez, unas vacaciones de Navidad completas. Bajé a Madrid el 22 de diciembre, en un viaje turístico que duró más de quince horas. Visité las Médulas, Ponferrada, Rueda...Cuando llegué a casa, Pilar me echó la bronca por haber tardado tanto.

En el año 2000 empezó la batalla. El verano del 99 había sido caluroso, pero a partir del 1 de septiembre empezó a llover y ya no paró hasta el año siguiente. Tengo imágenes de obreros trabajando en la cimentación del hotel bajo una lluvia torrencial, con chubasqueros amarillos chorreando agua. El encargado, José Cofán, un buen amigo al que más tarde le perdí la pista, siempre decía lo mismo. "En Noruega construyen, y ahí no para de llover". Tuvimos que hacer veinte o treinta metros de muro de hormigón por bataches, y encofrábamos y hormigonábamos con lluvia. Cuando llueve todo el tiempo se acaba uno acostumbrando, aunque es cierto que con el tiempo me surgió un dolorcillo casi permanente en los huesos a causa de la humedad.

La obra avanzaba a toda mecha, pasaron seis meses de locura. Cofán y yo fraguamos una amistad que duraría varios años, a base de camaradería y complicidad en la obra (y algún que otro orujo después de la jornada). La gente era muy profesional, y muy trabajadora. El ambiente de la obra era muy distinto del que había vivido hasta ahora, más relajado pero mucho más eficaz. Todo el mundo estaba contento. Mi jefe inmediato, José (a Ernesto y a todo el equipo de central lo había defenestrado meses antes la propiedad), venía de vez en cuando desde Barcelona a animarnos y a invitarnos a comer. Con muy buen criterio, nos dejaba trabajar un poco a nuestro aire, y sólo intervenía, muy eficazmente, cuando surgía algún roce con la propiedad o con la DF. Mientras tanto, bajo cuerda, la empresa propietaria del hotel, una cadena hotelera, comenzó a tejer su maraña: la idea era contratar al personal que Gerens tenía en obra, y ahorrarse los honorarios de Gerens. A Cofán y a mí nos tiraron los tejos a mitad de obra. Cuando se lo dije a José, casi decidido a aceptar la oferta de la cadena porque no veía continuidad en Gerens, este me dijo que no me precipitara. Al día siguiente recibí la llamada de Albadalejo, director general de Gerens, una eminencia en el campo del project management. Me habló no sólo de la obra a la que iba a ir, sino también de las condiciones, de las personas que iban a estar a mi cargo... Me hizo, en resumen, una oferta que no pude rechazar, y me aseguró que Cofán también tenía un buen proyecto en el horizonte.

Las dos semanas de solape con el equipo de obra que había contratado la cadena hotelera fueron muy suaves. Les dejamos en bandeja de plata las contrataciones, las casetas, los medios auxiliares... El trasvase fue tranquilo, y en unos días volví a Madrid.

La llamada de Albadalejo resultó trascendental. Por primera vez se me dejaba clara la continuidad en la empresa, me sentí apreciado, y aquello me decidió a seguir en Gerens. Al principio dudé, pero después supe que, nada más terminar los hoteles, la cadena hotelera despidió a todo el personal de obra. 

Todavía hoy recuerdo aquella llamada de Albadalejo. Recuerdo la tranquilidad que me transmitió, la ilusión ante un proyecto nuevo. Aquella llamada trascendental fue la primera, pero no sería la última.

 

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